Posts de Abril de 2004

Escándalo fotográfico

28 de Abril de 2004

Una de las poses más ofensivas del pequeño nudista

Al grito de “¡Doscientos setenta gramos de puro macho argentino!”, un diminuto y depravado nudista se dejó hoy fotografiar sin pudor alguno, mientras los adultos responsables presentes en el lugar no hacían más que enjugar lágrimas de incomprensible emoción ante el escandaloso espectáculo. Con el único propósito de ejemplificar semejante escena, ilustramos estos comentarios con una de las muchas ofensivas poses del pequeño exhibicionista (autointitulada “fijate si desde atrás se ven mejor los gladiolos”), destacando los detalles más obscenos con un círculo de puntos generados digitalmente, para mejor comprensión de nuestros estimados lectores.

La decadencia de nuestra sociedad, lamentablemente, no da señales de detenerse.

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Evolución

25 de Abril de 2004

“La casa era verde”, escribió el niño Luisito. La maestra le bajó puntos por lo chato de la prosa y la falta casi absoluta de aspiraciones artísticas.

“Era verde la casa”, escribió el adolescente Lucho. La profesora valoró la intención poética, pero igual lo mandó a Diciembre para obligarlo a esforzarse un poco más.

“Era verde como la esperanza la casa de la colina”, escribió el joven Luis. El jurado del concurso barrial no se enredó demasiado en la comparación y le otorgaron el tercer premio.

“Era de un tono verde algo ajado, cual esperanza de sufrido anciano, aquella casa que se vislumbraba en la lejana colina del solitario paraje”, escribió el señor L. P. García. El editor se enamoró de su florido estilo y publicó su primer libro de relatos.

“La casa sobre la solitaria colina era ajadamente verde, como una antigua esperanza”, escribió el celebrado autor Luis Pascual García. El complacido público compró de a miles su más reciente novela, catapultándolo a la cima de la lista de best-sellers contemporáneos.

“La casa era verde”, escribió el geronte García, sumido en una arterioesclerosis galopante. La crítica especializada lo bañó en alabanzas por aquella muestra de sucinta madurez literaria y el premio Cervantes que le otorgaron de manera póstuma no fue discutido prácticamente por nadie.

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Cargando nafta

24 de Abril de 2004

Sticker en un surtidor de gasolina

Yo sabía que él no nos había dejado. Yo sabía que los del patíbulo no podían quedarse tan cortos de personal. Yo sabía que aquella vez en el Oeste no habia sido la última. Yo sabía que las venganzas no podían pasar a ser públicas.

Actuar o revisar surtidores, da lo mismo si uno es él.

Quizás la muerte no sea más que un abrupto cambio de carrera.

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Eclipse de panza

19 de Abril de 2004

La panza de marras a punto de ocultar al paquidermo

Miami, EE.UU. (Reuters).- Momentos de tensión se vivieron ayer por la tarde en el zoológico metropolitano de esta ciudad cuando Betsy, la adorable elefanta asiática, desapareció de la vista de todos por algunos segundos. Escenas de pánico entre los azorados asistentes al parque se suscitaron a diestra y siniestra hasta que alguien notó que Betsy no se había desvanecido mágicamente, sino que estaba oculta detrás del turgente abdomen de una bella jovencita que sorbía un helado de agua, ajena a la desesperación generalizada. Una vez aclarada la inusitada situación, la dueña de la expectante barriga (a la que únicamente se conoció con el extraño mote de La Entintada) sólo atinó a sonreir avergonzadamente y alejarse de la mano de su afortunadísimo acompañante, haciendo que todos olvidaran los instantes de zozobra y suspiraran fascinados ante tanta gracia y belleza. El saldo final: tan sólo algunos corazones rotos.

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Eso yo no lo sabía, pero ahora ya lo sé

18 de Abril de 2004

Mi ciudad

Un saludable batido de probabilidades y estadísticas nos permite realizar estas interesantes observaciones acerca de los numerosos habitantes del casco urbano aquí arriba retratado:

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Que te llore Magoya

14 de Abril de 2004

Camino laxo, igual de complacido
(no sé si la palabra es impertérrito).
Te olvidaste de llevarte tus vestidos
negros. Los rojos no están, obvio. Te has ido,
escribiría si usara el pretérito
perfecto y no el porteño. Poco mérito
tiene acá dar pena en rima; es remanido
llorar en tierras de tango y ejércitos
de tristes que buscan aplauso y éxito.
Yo esquivo la metáfora. Yo te olvido.

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Un plan simple

11 de Abril de 2004

Edelmiro Zárate brilló en sus estudios universitarios, amasó una gigantesca fortuna tras el éxito de cada una de sus múltiples empresas, sedujo a las más hermosas mujeres del jet-set y se destacó en el polo, la esgrima y el bridge, todo ello con la única y secreta intención de arribar a este preciso instante.

Soporta pacientemente las consultas acerca de mascotas de la infancia, modistos favoritos y los tres libros que se llevaría a una isla desierta, seguro del eventual desenlace de la entrevista.

— ¿Y cómo es Edelmiro en la intimidad? —, le pregunta al fin, pícara, la joven periodista de la revista Gente, y él con enorme placer levanta de la mesa el grabador portátil y se lo revienta en la cara, justo en el medio de esa sonrisita imbécil, tal como había planeado desde un principio.

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Desmemoria acústica

8 de Abril de 2004

Ayer a la tardecita iba solo en el auto cuando en la radio comenzó a sonar Nightswimming y en un instante se me llenó el cuerpo de la melancolía más dulce que uno pueda imaginarse.

Quise tener doce años de vuelta y pasar los tres meses del verano del 88 en la vieja cabaña junto al lago en Cramdon Corner. Añoré estar sentado en el desvencijado muelle de madera, los pies chapoteando despacio en el agua y mis amigos tirados boca arriba a mi lado mirando el cielo en silencio, mientras la brisa suave de las ocho de la noche nos secaba el pelo. Me embargó el deseo de que pasara mi primo Ted a buscarnos en su pick-up destartalada y nos llevara en la caja al autocine a ver la misma película por décimocuarta vez, atragantándonos con caramelos pegoteados por el calor y una botella de cerveza sin gas traída a modo de infantil contrabando. Hubiera pagado por sentir una vez más la misma electricidad que me corría por la nuca cuando la veía pasar a Molly por la puerta de la fuente de soda del viejo Wilbur, cruelmente ataviada con pantalones demasiado cortos y la camisa anudada sobre el ombligo, riéndose sin darse cuenta de que llevaba todas mis ilusiones en los hombros.

Me pregunto si en ese preciso momento, en Georgia o Carolina del Sur, un muchacho de veintipico largos estaba escuchando una canción y sintiendo nostalgia de un picado con una pelota desgajada en una cortadita de empedrado a dos cuadras de la estación, de medialunas con dulce de leche a la tarde en la pileta de Adrogué, de un jumper azul y unos ojos almendrados abajo de un árbol en el patio de séptimo grado.

Algún distraído allá arriba nos traspapeló las saudades.

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