El príncipe heredero, alto, atlético y misterioso, sale raudo de su castillo. Desestima con un mínimo gesto el corcel que un criado le ofrece al pie de las escalinatas y sigue su camino a paso firme, la impecable capa encarnada flameando en la leve brisa de la mañana. Mientras surca las semidesiertas callejuelas del pueblo y el eco de sus pisadas sobre el empedrado se multiplica en callejones y zaguanes, Feliciano (tal el nombre del noble caminante) aprieta en su puño el mango de un bruñido sable todavía envainado. Su semblante procura mantenerse impasible, pero destellos de un corazón roto se pueden adivinar en los ojos enrojecidos y el tenso rictus que maltrata sus labios delata la virulenta sed de venganza que impulsa su carrera.
Algunas cuadras más adelante, su trayecto lo lleva a cruzarse por un instante con Salvador, un cuarentón algo regordete de expresión entre bonachona y somnolienta, ataviado con un descolorido traje de fajina y cargando un morral algo raído. Sus miradas no se encuentran y ninguno de los dos da señales de notar la existencia del otro. Feliciano continúa calle arriba y Salvador espera en la esquina durante unos minutos la llegada de sus compañeros de trabajo en el taller de tornería, para que la charla haga más llevadera la marcha.
Salvador pasa la mañana moldeando patas de sillas y cajones de aparadores, silbando canciones que aprendió de pequeño, feliz porque hoy no hace tanto calor como en los días pasados y además el fin de semana está casi al alcance de la mano. Durante la hora de almuerzo, cruza a la plaza y mastica despacio a la sombra de un nogal los tres damascos que su esposa anoche colocó en su morral, limpios, frescos y perfumados. El resto de la tarde transcurre en medio de esa ensoñación que sólo los viernes pueden provocar.
De vuelta en su casa, Salvador cuelga su gorra en el gancho junto a la puerta y abraza por detrás a su mujer, besándola en el cuello mientras ella ensaya unas quejas risueñas y termina de preparar la cena. Su hijo lo convence de sentarse con él para un rápido juego de naipes, y entre mano y mano le cuenta en frases atolondradas acerca de su día en el colegio y las travesuras que sus compañeros (jamás él, por supuesto) le infligen a la pobre maestra nueva. Mientras dan cuenta del sabroso guiso sentados a la mesa, Salvador a veces mira a su familia y sonríe sin motivo aparente, contento simplemente por estar allí.
Más tarde, al apoyar la cabeza en la almohada, llenándose los pulmones con el aroma de las sábanas recién lavadas y los oídos con el suave rumor de su esposa dormida, sólo una pequeña duda mancha la sensación de plenitud que lo invade: ¿Por qué diablos el tarado del escritor decidió quedarse con el recuento de su chatísima vida en lugar de seguir con la historia del príncipe vengador que, convengamos, tenía muchas más posibilidades de despertar un mínimo interés en los sufridos lectores?
11 Comentarios a “El camino menos pensado”
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Porque es republicano, hale, y yo que me alegro XD
Buen fin de semana
Porque en el fondo el del príncipe era otro cuento de princesas cautivas, y la audiencia ya no lo aguantaba más.
por el dulce sabor de lo cotidiano
Porque vende más un reality.
(ouch!)
Creo que el escritor se vé identificado con la vida de Salvador y siente como un pequeño éxito personal o tal vez una mínima revancha que Feliciano sea sólo un personaje secundario de la historia.
Creo, bah.
Y seguro que el prícipe era gay y todo su dinero lo tenía en el banco antes del corralito.
Sen: Ja, no lo había pensado por el lado político. Buen fin de semana para vos también.
Adrián: Cierto, se necesitan aires de renovación en el mundillo de las fábulas infantiles.
Lili@n: ¡Amén!
Bater: ¿Estará la mariposa verdosa interesada en patrocinar “Salvador reality show plus”? Tenemos planes muy accesibles.
Diego B: Diste completamente en el calvo con la primera sospecha. Y acerca de la segund, nos reservamos la información. ¡Saludos!
De acuerdo con Diego, por supuesto, no hacía falta que lo confirmaras expresamente, je , se te nota en la cara (?)… digo, en las palabras =)
Y, en todo caso, como dice Michael Ende: la de Feliciano “es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión”.
Obvio. Pero… cómo! No pagan por patrocinar? Acá también tenemos planes que de accesibles son muy salidores, vea.
Paula: Claro que la historia de Feliciano merece ser contada. Por unos mangos, por supuesto. Hoy me levanté materialista.
Bater: Ah, pero cómo… ¿Patrocinar tiene algo que ver con dinero?
Eso de dejar un principe abandonado solo se lo pueden permitir unos pocos.
Por otra parte realismo sin sangre y con sonrisa no sale en los blogs todos los días.
Samuel: Es que a veces parece que sin sangre no vale. Pero sí, sí que vale.