A veces se me ocurre que sería fabuloso que descubrieran que las lágrimas son una excelente fuente de energía, capaces de reemplazar a los combustibles fósiles y los isótopos radioactivos y los paneles solares.

Los gobiernos entonces comenzarían a cosechar lágrimas, exigiendo a los ciudadanos que entreguen a las autoridades un mínimo de cincuenta lágrimas mensuales, pagaderas en cuotas semanales para mayor comodidad. Aquellos que aportaran religiosamente recibirían un salvoconducto que les permitiría circular por las calles y dormir tranquilos. Aquellos que no, a sufrir las consecuencias. La extirpación forzosa de lágrimas puede ser bastante desagradable.

Algunos de nosotros rechazaríamos que desde arriba nos dicten cuándo y cuánto debemos llorar y pasaríamos con entusiasmo a la clandestinidad, bajo el liderazgo de un carismático joven de boina negra y ojos penetrantes, de nombre Teobaldo y apellido desconocido. Celebraríamos reuniones secretas en sótanos húmedos en las que desperdiciaríamos lágrimas a diestra y siniestra, o las ahorraríamos por meses y meses, según se nos diera la gana. Sobreviviríamos robando pasteles dejados a enfriar en los alféizares, bebiendo agua de chubascos y lloviznas, durmiendo en las copas de los árboles más frondosos.

Los problemas comenzarían cuando la policía se armara de detectores lagrimarios subsónicos infrarrojos, con los que serían capaces de detectar una lágrima clandestina derramada a más de cuatrocientos metros de distancia en plena oscuridad, a través de persianas, puertas y paredes. Teobaldo, preocupado, comenzaría a establecer reglas para minimizar la posibilidad de ser descubiertos. Al principio serían simples recomendaciones para evitar llantos reveladores en zonas vigiladas, pero luego (cegado de paranoia y poder) prohibiría a los miembros de la resistencia involucrarse en cualquier tipo de actividad que pudiera desembocar en lágrimas, tales como tener hijos, salir campeón de un torneo de fútbol, mirar la telenovela de las tres de la tarde, emborracharse, perder a un ser querido o enamorarse perdidamente.

Y así nos haríamos viejos, vegetando sin la más mínima emoción, rememorando de vez en cuando cómo era aquello de sentir y aguantando las ganas de llorar que nos daría no poder llorar con ganas.

A veces se me ocurre que sería espantoso que descubrieran que las lágrimas son una excelente fuente de energía, capaces de reemplazar a los combustibles fósiles y los isótopos radioactivos y los paneles solares.

  7 Comentarios a “Resistencia emocional”

  1. Pues vaya cosas se le ocurren a usted a veces! :D ¿Has estado leyendo algo de ciencia-ficción social últimamente? :P En realidad, tampoco es tan mala idea (ajem… XD), seguro que si se la vendes a los de Jolivú, te sacan una película y todo! :D

  2. No se si está recordando el futuro o imaginando el pasado, pero se me parece todo mucho, hasta la boina.

  3. Si la longevidad fuera directamente proporcional a la cantidad de lágrimas vertidas en vida… cuántos seríamos inmortales?

  4. Avíseme cuando hagan efectiva la ley lacrimal. Pienso dedicarme al contrabando ilegal de cebollas, forrarme y largarme a las Bahamas.

  5. Si se descubriera eso, puedo asegurarte que para mi seria igual que si me hubiera tocado la lotería, una de muy gorda XD Soy de lágrima muuuuy fácil, y no especial o solamente en situaciones tristes. Oh que sueño! Todo eléctrico, y hacerlo funcionar con mis lágrimas. Casa ecológica limpia y natural, y amortizadas mis emociones. Quiero que alguien descubra eso! Porque yo no creo que pueda :)

  6. Sen: Jamás vendería mis ideas a esas aves de rapiña materialistas e inescrupulosas de Hollywood… por menos de un par de millones de dólares. Uno tiene sus principios, caramba.

    Samuel: Las boinas son, realmente, un accesorio fantástico. Por eso yo jamás uso.

    Bater: Eso, ¿cuántos? ¿eh?

    Adrián: Pero tené en cuenta que las lágrimas de cebolla son de calidad muy inferior a las de, por ejemplo, despecho o añoranza. Quizás deberías pensar en contrabandear contoneantes morochas rompecorazones, o algo así.

    Moonsa: Apenas se adjudique la patente de la energía lacrimal, te aviso, así comenzás a acumular frasquitos de varios megavatios.

  7. Si yo me pongo a llorar cada vez que me equivoco, cada vez que pienso que me equivoqué y cada vez que me vuelvo invisible ante quien quiero, y si tomamos en cuenta que esto sucede más a menudo de lo que yo quisiera, entonces Moonsa y yo podríamos hacer una sociedad y sacarle provecho a nuestros saludables lagrimales.

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