Posts de Octubre de 2004

Más nombres para bandas

25 de Octubre de 2004

Hace un tiempito, en un post en este mismo blog, surgió una pequeña lista de posibles nombres para grupos musicales. En los comentarios de esa entrada, los abnegados lectores hicieron luego varios interesantísimos aportes a este catálogo abierto, por supuesto muy superiores a los originalmente sugeridos.

Odiaría que estos fantásticos delirios se perdieran por estar en una zona no tan directamente accesible. Por lo tanto, y como el objetivo de este blog es el más puro servicio a la comunidad, me permito listar estos aportes (dando el debido crédito a sus respectivos autores) para que aquellos que caigan aquí buscando este tipo de cosas puedan deleitarse con estas creaciones, bauticen luego a sus bandas con alguna de ellas, y por último, cuando accedan a los millones y la decadencia del estrellato más indiscutido, sean denunciados por infracción a la ley de propiedad intelectual para sacarles unos pesos.

Nota aclaratoria: Sólo incluí aquellos nombres aportados que aparentemente jamás fueron utilizados para fines musicalmente nomenclatorios (si no es así, hagan el favor de avisarme, así no tenemos bandas repetidas desperdigadas por el mundo). Asimismo, si alguno de ustedes pasa a utilizar alguno de estos apelativos para su flamante combo musical, déjenmelo saber y pasaré a retirar esta opción del repertorio. Y, por supuesto, siéntanse libres de seguir aportando sugerencias, que serán en su momento agregadas a esta dinámica lista.

Que les aproveche.

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Ojazos

20 de Octubre de 2004

Mateo mira al frenteComo ríe la vida
si tus ojos negros
me quieren mirar

(Agradezco a La Entintada y a Carlos Gardel por su invalorable colaboración en la creación de este post)
El post-de-padre-irremediablemente-baboso de esta semana. Como siempre, ustedes entenderán.

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Canción del momento IV

16 de Octubre de 2004

Hoy traemos a este rincón a Mark Lanegan, con el tema One Way Street, del disco (discazo) Field Songs, del año 2001.

Flash - Cancion del momento


Breves instrucciones para escuchar esta canción:

En su defecto, intentar lo siguiente:

Mejores dos segundos®: La tensa pausa durante el estribillo antes de que Lanegan, en esa voz plena de tabaco y whiskey, nos rompa el corazón con su queja acerca de lo difícil que resulta cantar el sonido de una calle a contramano: And you can’t get / Can’t get it down without crying.

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Best seller

12 de Octubre de 2004

Clara apaga la hornalla sin dejar que el agua llegue a hervir y, con movimientos precisos, llena hasta la mitad la taza en donde un minuto antes había puesto el saquito de té. Camina hacia la mesa del comedor y se sienta muy lentamente en una vieja silla que, de todas maneras, se queja con un crujido suave.

Se arregla con aire distraído un mechón de pelo, atrapándolo detrás de la oreja, y vuelve la vista hacia el frasco de plástico blanco que reposa en la mesa. Cuando lo levanta y lo sacude un poco, el sonido del bailoteo de la única píldora que queda dentro rompe por unos segundos el silencio de ventanas cerradas y gruesas cortinas a su alrededor. Toma la última cápsula en su mano, la abre en dos y vierte el polvo blanco sobre el prolijo montoncito ya acumulado en un retazo de papel plateado. Luego deposita las mitades vacías, una amarilla y otra roja, junto a las otras treinta o cuarenta que se amontonan en un costado de la mesa. Levanta con cuidado el papel de aluminio con el polvo, lo dobla en forma de V y vuelca todos los contenidos en el té, en donde se disuelven con un zumbido apenas perceptible.

Mientras revuelve el humeante preparado, repasa en silencio y por última vez las razones que la llevaron a este momento. Desde muy chica, Clara había estado absolutamente convencida de que su destino inevitable era el de transformarse en una estrella de la literatura, protagonizando una saga de novelas románticas ambientadas a principios del siglo diecinueve en Austria, fruto de la pluma de una escritora muy respetada en el el ambiente artístico pero accesible para el público en general. O, al menos, habría de jugar un papel secundario pero fundamental en una novela clásica de lectura obligada para todo estudiante de letras, pasando a formar parte del inconciente colectivo de miles de lectores alrededor del mundo. De hecho, hasta se hubiera conformado con ser nombrada al pasar en un soneto menor de algún poeta maldito, inmortalizándose en las páginas de oscuras recopilaciones arrumbadas en los rincones de unas pocas bibliotecas.

Sin embargo ahí está, amargamente condenada a que tan sólo los últimos instantes de su vida sean plasmados en mediocre prosa a manos de un aficionado sin talento, en cinco paupérrimos párrafos que nunca nadie recordará. Clara ahoga un sollozo de frustración y vacía la taza en dos tragos rápidos.

Luego se levanta, sale al balcón bañado en las largas sombras de una tarde de otoño y se sienta a esperar.

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Y luego fueron tres

6 de Octubre de 2004

Se informa por la presente a toda la distinguida población que en el vigésimocuarto día del mes de Septiembre del año de Nuestro Señor de Dos Mil Cuatro, alrededor de las diez cero seis de la mañana, arribó a este mundo Don Mateo I, “El Entintado”, Marqués de las Palmeras Torcidas por el Viento, Barón del Eructo Estruendoso, Duque de Todo Pañal Espantosamente Sucio, Conde del Aroma Más Delicioso. Comuníquese, publíquese y archívese.

Primera imagen del susodicho delfín

Los primeros dolores llegaron a eso de las doce de la noche, cuando apenas habíamos acomodado nuestras cansadas cabezas sobre la almohada luego de un largo día de trabajo. Ya en el hospital y durante el resto de la madrugada, La Entintada alternó entre períodos de molestia aguda y otros de profundo sopor narcótico inducidos por la muy agradable (pero no demasiado atractiva, a pesar del imaginario popular) enfermera encargada de vigilar el proceso. Yo, por mi parte, durante todo el rato no pude quitar los ojos del monitor que marcaba ritmos cardíacos, presiones sanguíneas y otras variables que no entendía, pero que de todas maneras me negaba a dejar de controlar, no fuera a ser que a alguien se le pasara algún detalle de largo. Los nervios y la ansiedad, por supuesto, cancelaban cualquier intento de sueño.

El trabajo de parto no progresó como se esperaba y en las primeras horas de la mañana se decidió que una cesárea sería necesaria (valga el trabalenguas). El proceso fue simple y directo: apenas unos minutos después de entrar a la sala de operaciones, con un amabilísimo anestesiólogo como improvisado pero muy efectivo fotógrafo, ya posábamos para nuestro primer retrato familiar con el nuevo integrante del clan Entintado.

El resto del día, mientras La Entintada se recuperaba de la operación, yo trataba de memorizar cada detalle del pequeño muchachito, en caso de que alguien intentara intercambiar niños al deslumbrarse por tanta belleza (todos sabemos que este tipo de cosa sucede constantemente; yo lo vi en Crónica TV). Quería asegurarme de poder identificarlo rápidamente en caso de algún tipo de pericia policial. El cansancio, que se sentía en cada centímetro de piel, pasaba de todas maneras a un remotísimo segundo plano.

Cayendo la noche, habíamos superado los momentos más complicados en la transición del nuevo integrante de la familia de su antiguo rol de ocupante uterino a su nuevo papel como berreante ciudadano del mundo. Algunos síntomas que los médicos prefirieron observar de cerca (siempre asegurándonos, aunque jamás les creyéramos, que se trataba de precauciones extremadamente normales) nos habían mantenido con los nervios crispados y la respiración acelerada, hasta que por fin nos dieron luz verde para pasar el resto de la estadía en el hospital junto a él en nuestra habitación. Mirando embobado a Mateo cenar por primera vez en brazos de La Entintada, caí en la cuenta de que ya superaba holgadamente las cuarenta horas seguidas de vigilia. A esta altura estaba convencido de que dormir era un hábito completamente innecesario de la raza humana y que, la verdad fuera dicha, bien podría no pegar un ojo nunca más por el resto de mis días.

Minutos después, con Mateo arrebujado entre los brazos y respirando tibio en mi cuello, no tardé ni diez segundos en caer profundamente dormido, buceando perezoso en la melaza dulce del mejor sueño de mi vida.

Mateo se rasca pensativamente la oreja

Se advierte al respetable neonato que ante el espectáculo de tan apetitosas manos, orejas y piecitos, el presente progenitor no se hace responsable de sus actos si termina por ceder a la irresistible tentación y devora de un bocado certero alguno de los mencionados apéndices.

Una de las raras ocasiones en que Mateo se digna a abrir los ojos

Si mi nombre fuera Juan Ramón Jiménez, así comenzaría “Mateo y yo”:

Mateo es pequeño, lampiño, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Ni siquiera los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro, por suerte. Sería clara manifestación de algún tipo de trastorno ocular muy raro.
Lo dejo suelto y lógicamente no se va a ningún lado porque todavía no camina, sino que se queda tranquilo reposando allí en su cuna, y acaricia tibiamente con su nariz, rozándolas apenas, las sábanas con florecillas rosas, celestes y gualdas. Odio esas sábanas, principalmente porque no tengo idea de qué significa la palabra “gualdas”. Lo llamo dulcemente: “¿Mateo?”, y no hay trotecillo alegre ni cascabeleo ideal porque, como ya dije, no sabe aún trotar, pero da vuelta la cabeza, me mira y parece que se ríe.
Come cuanto le da su madre, que no es muy variado pero le alcanza y sobra. Algún día quizás le gustarán las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel. Por ahora, la pálida teta, con su cristalina gotita de leche, es más que suficiente.
Es tierno y mimoso igual que un niño, justamente porque es un niño. Cuando paseo con él, los domingos, por las últimas callejas del shopping center, los vendedores de teléfonos celulares, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
- Tien’asero…
Tiene acero y sangre gallina, al mismo tiempo.

Perfil progresista y democrático

Pido perdón por la prolongada ausencia. Después de los lógicos desajustes, ya retornará este blog a la normalidad (que no es decir gran cosa, claro). Gradualmente volveremos a la frecuencia habitual de dos o tres posts por semana, pero no puedo garantizar que no sean todos tan horriblemente cursis como éste y se refieran constantemente a ombligos, leche o pañales.

Ustedes seguramente sabrán entender.

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