Posts de Noviembre de 2004

Acción de gracias

26 de Noviembre de 2004

Atención: Peligro de sensiblería mayor a la acostumbrada.

Ayer se celebró por estas latitudes una fecha en la que, en medio de pantagruélicas cenas e irresistibles ofertas, la gente hace un balance de las cosas positivas que puedan estar dándose en sus respectivas vidas y agradece a Dios, Alá, Brahma, la Madre Naturaleza, Peperino Pómoro, el éter o lo que se les cante.

Repasando los muchísimos motivos que tengo para estar agradecido, Amor Entintado se entremezcla en los puestos más altos del año, entre otras luminarias como el nacimiento de un hijo, el amor incansable de la Entintada, nuestras respectivas familias y sus saludes varias, los amigos que nunca aflojaron y (una vez más) River Plate campeón. Y no puedo dejar de extender mi infinita gratitud a aquellos que, con mayor o menor regularidad, por obra y gracia de Google o de su propio masoquismo inexplicable, día a día se pegan una vuelta por este rincón, pispeando en silencio o deslizando algún comentario. Son muchas estas caras que jamás vi y manos que nunca estreché para intentar nombrarlas una por una, pero sepan que los aprecio profundamente a todos y su sacrificio no es en vano.

Quedará pesando en cada una de sus conciencias la responsabilidad de que yo siga regurgitando esta caterva de insultos al buen gusto que tengo la desfachatez de llamar blog.

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Espías de caucho

21 de Noviembre de 2004

Fotografía sacada esta mañana desde nuestro balcón:

Fotografía del cielo desde nuestro balcón

Zoom para más detalles:

Zoom a un dirigible en la fotografía anterior

Estoy algo inquieto. El patrón de vuelo de este dirigible era hostil, ominoso y amenazante, en marcado contraste con la optimista inscripción que lo engalanaba. Tengo la certeza de que, por alguna razón, desde ahí nos observaban con gran detenimiento. Sería ingenuo de mi parte pensar que cerrar las cortinas serviría de algo. No sé qué es lo que quieren, pero no importa demasiado; sé que no van a detenerse hasta conseguirlo.

Para peor, hace unos minutos comprobé lo que temía: en nuestro auto tenemos cubiertas Firestone.

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De un tirón

17 de Noviembre de 2004

Muy de vez en cuando, me siento y escribo algo de un tirón, despojado de vacilaciones o relecturas, casi sin respirar. Me causa una mediocre mezcla de placer y alivio: las desprolijidades, los horrores gramaticales, la falta de originalidad, el inevitable tedio del lector, todo se justifica con la vorágine imperfecta del impulso.

La mayoría del tiempo, claro está, la situación es muy diferente. Reescribo cien veces la misma oración, intentando toda posible combinación de adjetivos, sustantivos y adverbios. Agonizo interminablemente buscando elegir el tiempo verbal más indicado. Lucho a brazo partido con metáforas y sinonimias, hipérboles y pleonasmos. Paso noches en vela rumiando un título de tres palabras. Por supuesto, toda decisión conlleva la firme sospecha de haber sido equivocada.

Basten como flagrante muestra estos tres enclenques párrafos, que hoy termino de amontonar pero que comenzaron a escribirse allá por marzo del noventa y cuatro. Y confieso avergonzado que, a pesar del tiempo transcurrido, sigo atormentándome con la posición óptima para una dudosa y esquiva coma. Buscando poner fin de una vez a esta tortura, acepto humildemente mi derrota y termino colocándola, como era de esperarse, en el peor lugar posible: ,

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Canción del momento V

12 de Noviembre de 2004

Afuera es de noche y llovizna con la misma perezosa intensidad desde hace quién sabe cuántos días. Terminás el trago, inclinando el vaso con la mano derecha mientras con la izquierda llamás al barman para que te sirva otra escasa medida del mismo whisky barato. Tirás la cabeza hacia atrás y cerrás los ojos, disfrutando del ardor que te incendia la garganta, y por primera vez algo te hace prestarle atención a la música que desgranan cuatro tipos desde una esquina oscura del salón. Hay un nosequé dolorosamente familiar en la calidez lustrosa del contrabajo, en la síncopa de ese piano de juguete, en las palabras que el cantante mastica con honestidad descuidada:

Cuántas putas han atravesado esa puerta, / yaciendo a mi lado y trepando a mi mente / y llevándome muy abajo, donde el calor / ampolla la piel de mis pies / y me hace extender las manos y sollozar / por aquellos días en que era puro de corazón / y dormía en paz.

Y en el preciso instante en que empieza ese solo de piano, te estalla el corazón en mil pedazos.

— o —

Hay discos que se queman rápido, en una bengala de colores demasiado brillantes, y dejan un montoncito desabrido de cenizas que uno se apura a barrer bajo la alfombra. Otros, muy pocos, arden firmes y lentos, con la tibieza justa y una mecha eterna, y uno jamás respira demasiado cerca por miedo a apagarlos de un soplido traicionero. Dusk, editado hace ya más de once años por The The, es para mí uno de estos últimos. Y This Is The Night, la canción de hoy, es perfecta muestra de la hermosa melancolía que empapa este disco de punta a punta.

Flash - Cancion del momento V

Mejores dos segundos®: Ver un poco más arriba, justo antes de la parte en que un corazón estalla.

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Siesta

7 de Noviembre de 2004

Mateo se prepara para la siesta

Esto es relax. El resto son pavadas.

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Tres

4 de Noviembre de 2004

Basta sólo con tres
terrones de azúcar o,
en su defecto, cucarachas.

Los demás podrán cantar en ruso,
leer gruesos manuales de uso,
bordar blusas de lino a oscuras,
comer parfaits y más confituras,
insultar con desdén a los buzos,
pintar óleos de verdes pasturas.

Pero en el fondo todos saben
que basta sólo con tres
cucarachas o, en su defecto,
terrones de azúcar.

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Descascarado

1 de Noviembre de 2004

Hace unos días, lavándome las manos luego de colocar los platos sucios en el lavavajillas, descubrí que a un costado de mi dedo pulgar derecho se levantaba un pequeño trozo de piel. Al examinar de cerca la herida, noté que por debajo del pellejo no se asomaba la carne viva que era de esperar, sino otra capa de piel, oscura y bruñida. Intenté revelar algo más y comprobé, con más curiosidad que horror, que podía desollarme en largas tiras indoloras. En menos de cinco minutos, con los jirones de mi urbanamente occidental aspecto acumulados a mi alrededor como aserrín, el espejo me devolvía la imagen de un avieso cazador tutsi, de ojos vivaces y grandes manos, experto en atrapar antílopes y cebras en la zona de los grandes lagos africanos.

Esta nueva apariencia resultó tan fácil de desprender como la original. Sucesivos descascaramientos fueron revelando otras encarnaciones ocultas: un campesino griego de principios del siglo veinte, un esquimal muy ducho en el arte de construir cómodos iglúes, un herrero en la selva negra alemana, un pescador de la Polinesia. De hecho, me siento a escribir estas líneas en la piel de un guerrero maya ataviado con sus mejores ropajes de batalla y mancho el teclado con la sangre de un malogrado conquistador europeo.

Tal parece que el encargado de mis resurrecciones resultó ser un vago irrecuperable que prefiere ahorrar tiempo y simplemente pintar por encima, en lugar de lijar a conciencia y arrancar de cero. Será cuestión de resignarme al inevitable destino de un karma berreta.

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