Posts de Febrero de 2005
El literal
25 de Febrero de 2005
Desde muy chico, Carlos habló lo mínimo indispensable, manteniendo el resto del tiempo los labios bien apretados para evitar la poco afortunada ingesta de algún insecto volador. Lucía siempre un gesto adusto, excepto en las tardes de tormenta; cuanto más torrencial la lluvia y salvaje el trueno, más amplia era la sonrisa que le iluminaba el semblante. Cuando su madre lo llevaba de visita a otras casas, lo primero que hacía era revisar la cocina, y se sorprendía mucho si no burbujeaba sobre el fuego una gran cacerola de suculentas habas.
Ya adulto, se dedicó a la herrería artística, moldeando intrincadas rejas, barandillas y portones en su fragua. Sin embargo, todos los cuchillos de su casa estaban enteramente tallados en la más ordinaria madera. Más adelante, compró algunas vacas como inversión y se vio obligado a abandonar su taller, ya que insistía en pasar cada minuto del día observándolas pastar, los ojos clavados en sus rumiantes flancos, buscando generar nuevas adiposidades. En las raras ocasiones en que salía a cazar por su campo, buscaba constantemente alcanzar con sus disparos a una pareja de faisanes en forma simultánea, frustrándose cuando (como siempre) sólo lograba dar muerte a ejemplares solitarios.
Nunca se casó. Ninguna de sus contadas novias aceptó restringir su dieta a emparedados de cebolla hervida por el resto de sus días, tal como él les exigía al pedir su mano en matrimonio.
Cuando alguien, demasiado tarde, le dijo que los refranes no eran para tomárselos tan al pie de la letra, Carlos no pudo evitar morirse (bien literalmente) de vergüenza.
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La aguja en el pajar
22 de Febrero de 2005
En un alarde de innovación tecnológica, este humilde blog incorpora una práctica herramienta de búsqueda (gracias a Technorati) a su escuálida barra derecha, aunque sólo sirva para comprobar empíricamente que aquí no hay absolutamente nada que valga la pena.
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Ahí y entonces
15 de Febrero de 2005
En un suburbio relativamente tranquilo al norte de Buenos Aires, un Febrero perezoso araña el mediodía. El sol se escurre, pálido, entre una tenue cortina de nubes deshilachadas, como si pidiera permiso después de varios días de haber desaparecido, esgrimiendo la excusa de aquella tormenta que trajo consigo el viento del sudeste.
El edificio rompe un poco la chatura del barrio, aunque no es muy alto y las curvas suaves que eligieron sus arquitectos lo hacen aparecer casi dócil. Se lo puede abarcar fácilmente con un golpe de vista desde la vereda sin levantar demasiado la cabeza, asomándose entre las ramas de los árboles que se estiran a lo largo de la cuadra.
Si los ventanales que cubren enteramente la fachada no reflejaran tanto el cielo, algún curioso podría espiar el interior de la pequeña oficina que se acomoda en una esquina del tercer piso. Adentro, el olor de las paredes recién pintadas y algunas cajas de cartón apiladas en un rincón dan la impresión de una mudanza reciente. Tres escritorios se desparraman sobre la alfombra color arena, cubiertos de cables enmarañados, monitores que zumban gentilmente y teclados llenos de polvo. El resto del panorama se completa con una pequeña cocina que podría estar más ordenada y algunas sillas vacías, impersonales en su plástico negro y frío cromado.
Sentado frente al único de los escritorios que destella señales de vida (fotografías familiares, papeles desordenados, un café ya frío), el muchacho deja de tipear en su teclado por un instante y se suena los dedos sin desviar la vista de la pantalla. Se lo nota entusiasmado mientras repasa el último párrafo que acaba de escribir, repitiendo para sí las palabras en voz baja. Es que, ya hastiado de sus vagos cuentos atemporales situados siempre en escenarios indistinguibles y brumosos, por fin ha logrado comenzar un relato con una minuciosa descripción del lugar y el momento en que transcurre la acción.
Claro que tanto detalle acerca de ubicaciones espacio-temporales no deja lugar para trama alguna en su obra, que termina casi antes de comenzar, pero eso no parece molestarle en lo más mínimo. Con una media sonrisa colgando de los labios, suspira satisfecho y pone el punto final.
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Magnitudes
7 de Febrero de 2005
Ya tengo 13.6 Gigabytes de música.
Ahora quiero 34 grados de agua salada, 88 metros cúbicos de interés compuesto, 17.3 Kilowatts de estornudos, 12 millones de años luz de madera balsa, 6 toneladas de paralelogramos y tres cucharadas soperas de desilusión, bien al ras.
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Fantochino
2 de Febrero de 2005
El príncipe heredero Mateo I, a pesar de su sangre azul, es muy dócil y se presta a cualquier clase de juego estúpido al que su inmaduro padre quiera someterlo. Por ejemplo, si se lo sostiene por debajo de los brazos mirando hacia el frente, él planta firmemente sus piecitos en forma de empanada sobre el regazo de quien lo carga y se mantiene relativamente erguido, conformando una perfecta marioneta.
Varias de sus interpretaciones se han hecho ya muy populares entre el público, pero sin dudas su personaje más logrado es el de Mangão, el rudo campesino del Mato Grosso brasilero. Fanático del Minas Gerais, Mangão es recio y no se anda con rodeos a la hora de exigir lo que considera suyo. “¡Mulher!”, le vocifera a su madre en un portugués tosco, con la garganta ronca por años de cigarros caseros de hoja de banano seco. “¡Voce vai trazer a sua leite pra mim, agora! ¡Seu peito suculento e meu, tudo meu!” La pobre, aterrada, sólo atina a ceder ante los deseos salvajes de este amenazante sujeto, que llega a su cabaña hambriento luego de largas horas de cosechar papayas al rayo del sol.
Mateo sigue desarrollando de manera constante muchas otras identidades para sus minúsculas obras teatrales. Una de las que más promete es la de Gerard Möendenblach, el sofisticado crítico de arte alemán, quien en un monocorde castellano pleno de erres guturalmente arrastradas conceptualiza al pecho materno como una “escultura orgánica nutricional de originalidad dudosa” y luego lo chupetea con fingido desinterés.
Aunque la creatividad del pequeño actor parezca inagotable, estos espectáculos a la hora de la cena tienen los días contados. Es que, ávido de libertad, el títere tarde o temprano cortará los hilos que lo unen con su molesto titiritero. Y, por mucho que quien esto escribe vaya a extrañar a Mangão y a Gerard, estará muy bien que así sea.
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