Posts de Septiembre de 2005

Un año

26 de Septiembre de 2005

Mateo come dos chupetines

Cuentan los que realmente saben que lo mejor de cumplir un año no son los festejos ni los invitados ni los regalos, sino que al fin la propia boca resulta lo suficientemente grande como para comer más de un chupetín a la vez.

(Nota al margen: El clan Entintado en pleno estará de periplo vacacional por unos días, así que es probable que las actualizaciones de este rincón sean aún más esporádicas que lo habitual. De todas maneras, prometo solemnemente aprovechar cada oportunidad cerca de una conexión internética para pispear comentarios y mandar saludos.)

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Chau

22 de Septiembre de 2005

Sin el humo de tus rubios falta todo en el boliche:
los marfiles sobre el paño chocan tristes y sin ganas,
fuelles mudos juntan grela a la luz de la ventana
y se callan las veredas su porteño cocoliche.
Engrupiste un “hasta siempre” en tu “chau, hasta mañana”.

Enclenques coplas dedicadas a E., bisabuelo, billarista y tanguero de alma que colgó los botines demasiado pronto.

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Haiku imperfecto

19 de Septiembre de 2005

Pruebo cien veces.
Nada. El verso final
siempre muere largo.

Si buscan perfección, sugiero amablemente que corrijan el rumbo y apunten para acá (o acá, o acá, etcétera, etcétera, etcétera.)

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Descubrí Ariel

15 de Septiembre de 2005

El detergente para lavar la ropa Ariel tiene una nueva campaña en la que piden que los usuarios satisfechos relaten cómo conocieron el producto. Éste es el texto que acabo de enviarles:

Las cosas con Lucrecia se habían desgastado hasta un punto irrecuperable. El amor se nos había esfumado sin darnos cuenta, como una Polaroid vieja maltratada por el sol. Nos detestábamos, y a esa altura ni siquiera necesitábamos motivos concretos. Seguíamos juntos por una especie de inercia haragana que no hacía más que alimentar nuestro resentimiento.

No sé exactamente qué fue lo que hizo que todo estallara aquella noche. Quizás quemó la cena otra vez, o quizás me acusó de engañarla con la recepcionista de la empresa. No importa demasiado. Lo que sí recuerdo perfectamente es la pasmosa tranquilidad con que me levanté y saqué el cuchillo del segundo cajón. La mirada de Lucrecia, al principio casi divertida en su incredulidad, no se terminó de transformar en una mueca de horror hasta la quinta puñalada. Mientras hundía la hoja una y otra vez entre sus costillas, me sorprendió el gorjeo sordo de la sangre al escaparse rítmicamente por las heridas, como si un canario cantara bajo el agua. Cinco minutos o cinco horas después, se me agarrotaron los dedos de la mano y el dolor me obligó a parar.

Miré a mi alrededor, resoplando por el esfuerzo. No me importó demasiado el desparramo sanguinoliento en el piso de la cocina, pero la camisa que traía puesta era una de mis favoritas y no estaba dispuesto a darle a Lucrecia el placer de haberla arruinado. La puse en el lavarropas, agregando apenas un chorrito de Ariel Futur líquido. Ni siquiera me preocupé por restregar las manchas; sabía instintivamente que no sería necesario. Luego de un corto ciclo de secado y un planchado cuidadoso, la camisa estaba como nueva. Me la puse sin apuro, disfrutando de la increíble suavidad de la tela al deslizarse sobre mi piel y el delicado perfume que la impregnaba.

Sólo entonces, fresco y elegante, llamé a la policía y me senté en el balcón a esperar, fumando tranquilamente.

Estoy convencido de que en cualquier momento me llaman para incluir mi valioso testimonio en su nuevo spot televisivo.

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Bombas de verdad y belleza

12 de Septiembre de 2005

Me gusta leer absolutamente todo lo que cae en mis manos. Tengo además la suerte de pertenecer a una familia en la que las bibliotecas de mis padres y abuelos están atiborradas de libros de todo tipo, estilo y época (como ejemplo, basta ver una de las fotografías que publiqué hace un tiempo en este post), las cuales vengo saqueando regularmente desde que tengo uso de razón. Clásicos, modernos, best-sellers, rarezas, cuentos, novelas, poesía: no le hice ni le hago ni le haré asco a nada.

Sin embargo, uno de los escritores que más admiro y que figura de manera prominente en una larga lista de influencias (todas ellas mal canalizadas, claro) de mi vida literaria no fue descubierto entre esas páginas sino aquí, en el dudoso mundo virtual de Internet. Su nombre es Joey Comeau, es canadiense y, según tengo entendido, no supera los veintitrés años.

El hecho de que el Sr. Comeau no haya publicado (de la manera tradicional impresa en tinta y papel) más que cuentos cortos en alguna que otra revista y que aún sea un simple estudiante universitario de ciencias lingüísticas no hace mella en su brillantez. De hecho, me hace admirarlo aún más. Escribe en una prosa simple y directa, mezclando humor blanco, negro, verde (y de todos los colores que uno pueda imaginar) con un sentido del romanticismo (en el más cabal sentido de la palabra) capaz de romperte el corazón en dos líneas. Su cuento Where are you off to now? (que se puede traducir como “¿Para dónde vas ahora?”), acerca de un guía turístico que se desvía de su trayecto y lleva a su grupo en un tour ciclístico de su viejo barrio, pasando por las casas de todas sus ex-novias en plan de venganza, es de lo mejor que leí en toda mi vida. Son tres o cuatro páginas por las que vale la pena anotarse en un curso para aprender inglés, si uno no conoce el idioma. Para una lista más completa de los trabajos de ficción de su autoría que pueden encontrarse en la Web, pueden pasar por acá.

Como no podía ser de otra manera, Joey mantiene un weblog, lleno de recomendaciones personales, pensamientos azarosamente inconexos y pequeñas memorias agridulces que son siempre un placer para los sentidos. Otro de sus proyectos, firmemente plantado en el absurdo pero sin renunciar a la poesía, es Overqualified, una colección de cartas de presentación enviadas a compañías reales ofreciéndose (de las peores maneras posibles y sin demostrar vergüenza alguna) para distintos puestos de trabajo. Cuando las descubrí, varias veces me reí hasta que me dolía acá en el costado y las lágrimas no me dejaban seguir. Cada tanto, por suerte, se agrega una nueva carta a la lista.

Pero quizás el trabajo del Sr. Comeau que más admiro es su webcomic, A softer world, el cual ya recomendé en otras varias ocasiones pero aún así no puedo dejar de nombrar. Cada tira es como un glorioso comprimido en verso libre de todo lo que hace que me guste tanto, y las fotografías (obra de Emily Horne) son sencillamente fabulosas: a primera vista completamente desconectadas de las palabras, pero sólo a primera vista. El archivo completo, desde que se empezó a publicar en Febrero de 2003, se puede encontrar en esta página.

Acá van las transcripciones textuales de algunas de mis preferidas, que pierden muchísimo de su atractivo debido a la torpe traducción y la falta de imágenes. Pasen, si gustan, por el original de cada una de ellas para la experiencia completa:

Perdí a toda mi familia en el incendio.
Lloré durante semanas.
Nada podía consolarme.
Hasta que desperté esta mañana,
y podía volar.
Simplemente desplegar mis brazos y partir.
(Enlace al original)

Mi abuela tiene esta broma
en la que dice
“toc, toc”,
yo digo
“¿quién es?”,
ella dice
“no me acuerdo”,
y se pone a llorar.
(Enlace al original)

En medio de la noche
huelo café.
Llego hasta la cocina,
sonriendo,
hasta que recuerdo que estás muerta.
(Enlace al original)

Dije mil veces
que daría mi alma
por tenerte de vuelta.
Pero nunca firmé nada.
(Enlace al original)

Los casquetes polares se derritieron,
pero estábamos preparados.
Con nuestros regalos de San Valentín impermeables.
Con nuestros equipos de buceo para gatitos.
(Enlace al original)

Y, por último, mi favorito personal, que pinta de cuerpo entero mi propia postura ante esa mirada soberbia y cínica disfrazada de supuesta inteligencia que está tan de moda hoy en día, esa estúpida noción de que “si todo me causa desdén, entonces soy genial”, esa teoría enferma que postula que belleza y cursilería son sinónimos inevitables:

Sí, creo en el amor,
sí, soy un soñador.
Pero no estoy solo.
Hay muchos más de nosotros que lo que vos sospechás,
y tenemos bombas.
Bombas de verdad y belleza.
(Enlace al original)

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El astrónomo gastrónomo

7 de Septiembre de 2005

Allá va el astrónomo gastrónomo
flotando muy quieto y frío en el vacío.
Se lo ve casi tan muerto como Humberto,
aquel pícaro abogado asesinado
por un defendido bastante ofendido.
Se embarcó en su cohete de juguete,
viajando por siete años sin un baño
y recién al arribar se vino a enterar
que no hay queso ni aceitunas en la luna
y quedaba devastada su picada.
Saludos al astrónomo gastrónomo
que, aunque no lo merece, hoy perece
sin quejarse del frío ni decir pío.

Esta impresentable rima forma parte de “¿Quién necesita a los adverbios?”, un libro de lengua y literatura orientado a niños de tercer grado de primaria que cuenta con el dudoso honor de haber sido prohibido (aún antes de su publicación) por los Ministerios de Educación de 173 países.

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Canción del momento XI

5 de Septiembre de 2005

Decir que toco el piano sería un insulto totalmente descarado a la música como género en sí. Nunca tomé clases ni leí ningún tipo de libro al respecto, por lo que cultivo un particular estilo neanderthal que se basa en mis escasos conocimientos de teoría musical. Encima, tengo muy mala memoria para recordar los acordes de las canciones, aunque se trate de temas que me gusten muchísimo. Convengamos que el mundo del arte no se perdería absolutamente de nada si se me cayeran mañana mismo los dedos como hojas secas.

Cada vez que el destino tiene la mala idea de sentarme frente a un piano, la primer canción que me viene a la cabeza (y con la que insisto en torturar a quienes tengan la mala fortuna de estar cerca mío en ese momento) es Ain’t no sunshine, un celebérrimo tema original de Bill Withers (verdadera leyenda del soul y el R&B) que fue interpretado y reinterpretado por innumerables artistas. Mi versión favorita personal es, por lejos, la que hizo Paul McCartney en el disco Unplugged (The official bootleg), y que hoy se me ocurre traer a este rincón musical. Curiosamente, en este tema McCartney toca la batería y delega la voz principal en el guitarrista (y en ocasiones bajista) de su banda de aquel entonces, el escocés Hamish Stuart.

La letra es simple y a la vez tremendamente genial. Mis tres versos favoritos:

Ain’t no sunshine when she’s gone
and this house just ain’t no home
any time she goes away

No brilla el sol cuando ella no está
y esta casa simplemente no es un hogar
cada vez que ella se va

Que la disfruten.

Flash - Canción del momento X

Mejores dos segundos®: El “uh uh uh” en falsete antes de que arranque el solo de piano me pone la piel de gallina.

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Ensuciada de cara

2 de Septiembre de 2005

Mateo come chocolate

Chocolate en los labios, tinta en el alma.

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