Descubrí Ariel
15 de Septiembre de 2005
El detergente para lavar la ropa Ariel tiene una nueva campaña en la que piden que los usuarios satisfechos relaten cómo conocieron el producto. Éste es el texto que acabo de enviarles:
Las cosas con Lucrecia se habían desgastado hasta un punto irrecuperable. El amor se nos había esfumado sin darnos cuenta, como una Polaroid vieja maltratada por el sol. Nos detestábamos, y a esa altura ni siquiera necesitábamos motivos concretos. Seguíamos juntos por una especie de inercia haragana que no hacía más que alimentar nuestro resentimiento.
No sé exactamente qué fue lo que hizo que todo estallara aquella noche. Quizás quemó la cena otra vez, o quizás me acusó de engañarla con la recepcionista de la empresa. No importa demasiado. Lo que sí recuerdo perfectamente es la pasmosa tranquilidad con que me levanté y saqué el cuchillo del segundo cajón. La mirada de Lucrecia, al principio casi divertida en su incredulidad, no se terminó de transformar en una mueca de horror hasta la quinta puñalada. Mientras hundía la hoja una y otra vez entre sus costillas, me sorprendió el gorjeo sordo de la sangre al escaparse rítmicamente por las heridas, como si un canario cantara bajo el agua. Cinco minutos o cinco horas después, se me agarrotaron los dedos de la mano y el dolor me obligó a parar.
Miré a mi alrededor, resoplando por el esfuerzo. No me importó demasiado el desparramo sanguinoliento en el piso de la cocina, pero la camisa que traía puesta era una de mis favoritas y no estaba dispuesto a darle a Lucrecia el placer de haberla arruinado. La puse en el lavarropas, agregando apenas un chorrito de Ariel Futur líquido. Ni siquiera me preocupé por restregar las manchas; sabía instintivamente que no sería necesario. Luego de un corto ciclo de secado y un planchado cuidadoso, la camisa estaba como nueva. Me la puse sin apuro, disfrutando de la increíble suavidad de la tela al deslizarse sobre mi piel y el delicado perfume que la impregnaba.
Sólo entonces, fresco y elegante, llamé a la policía y me senté en el balcón a esperar, fumando tranquilamente.
Estoy convencido de que en cualquier momento me llaman para incluir mi valioso testimonio en su nuevo spot televisivo.
Archivado en: Pepitas de barro
28 comentarios
Si querés, dejá un comentario:
Podés suscribirte al feed de comentarios. También podés hacer pingback o trackback desde tu sitio Web.

Se lo merecen.
Uy… qué ganas de participar, tengo una idea… bah, es de 25 watts nada más, pero hoy en la tele se ve cada cosa que seguro no desentono.
Santo varón, que lava sus camisas mientras ella descansa hogazana y….. eternamente.
JAJAJAJAJAJAJAJAJ!!! Es muy bueno!
Yo una vez había pensado uno parecido pero matando a mi suegra y que cuando voy a lavar mi ropa la muy hija de puta solo tenía Ariel, y yo que quería usar Gramby. Entonces como no me quedaba otra le daba, como último deseo, el lavar la ropa con Ariel por las tantas veces que me había dicho que lo hiciera.
Pero más allá de mi poco creativa idea, la suya, muy al contrario, está muy bien lograda. La forma en que describe la situación, más allá de un par de partes en las cuales apura el trámite, me gustó mucho.
Le deseo lo mejor y que ojalá sea elegido para un futuro comercial televisivo.
SAludos!
Iñaki
[...] Nota completa: Descubrí Ariel. Escrito por: Federico - - [...]
Yo quiero verlo a Gianola con su sonrisa ortopedica preguntandote si lo vas a seguir usando.
“Y si se lo cambio por dos de este otro detergente? (y tu, agarrado a tu Ariel con los dientes apretados, una mirada acerada, y la voz fría como el hielo) “usted intente acercarse….” jojojjojoo. Es genial tu relato! :)))
Estas influenciado por “Joey Comeau”, y “Tarantino”…jajajaj! .
Hasta el primer punto y aparte bien, después es demasiado previsible el desenlace :
- arrebato momentaneo de locura,
- asesinato con arma blanca,
- limpieza de todo rastro sanguinolento de la ropa,
- esperar tal como no ocurre nada tranquilamente la llegada de las autoridades.
Creo que Ariel es un muy buen detergente y se merece un relato mas sucio y con más manchas…jejejej! ( ¿ahora deseas hacerme algo parecido a Lucrecia?)
Pe.
La campaña de Ariel en estos momentos aqui, pasa por decir a todos los niños y mamas del pais, que mancharse forma parte de la vida y del aprendizaje …osea que sino dejas que se te manche el niño es que no lo educas bien.(serán maquiavelos los tipejos!!!!!)…..voy a comprar acciones!!!
bso.
Sobervio… el tío, digo (y el relato también ] ; D )
Yo escribí, hace ya mucho tiempo, algo que se podría - con mucha imaginación- parecer, aunque no llega a la calidad del tuyo, ni mucho menos ( http://cxlxsx.cx.funpic.org/modules.php?name=News&file=print&sid=2 ), claro que la mía se llamaba Laura, no Lucrecia, y me da la impresión de que el Ariel no habría podido hacer mucho…
Ôô-~
Lo del “sobervio” es parte de la broma - no vaya a ser que alguien piense que no sé escribir soberbio soberviamente…
Ôô-~
Ling: Los de Ariel, puede ser, pero yo no sé si la pobre Lucrecia realmente se lo merecía.
Leonardo: Participe nomás, mi amigo, a ver si en una de ésas iniciamos una revolución blogueril en la publicidad.
26: Es que esto de la revolución femenina…
Iñaki Aragón: Quizás a la suegra habría que herirla sin llegar a matarla, para que ella misma lave su propia ropa ensangrentada.
Lai: ¡Sonrisa ortopédica! Genial.
Moonsa: Sólo podrán quitarme el Ariel de las manos luego de freírme por un buen rato en la silla eléctrica.
Penélope: Es que nada es más previsible que la muerte, ¿no? A esa campaña de los niños sucios también la pasan acá en la tele, creo. ¡Saludos!
Sun_Tsu: ¡Muy bueno el relato! Nada peor que haber relizado finalmente un deseo y luego no poder acordarse. (Y no se preocupe, que hay que matar al desgraciado que se le ocurrió poner a la “b” y la “v” tan cerca una de otra en el teclado)
“como si un canario cantara bajo el agua” Esta frase merece un premio por si sola. Yo creo que podrias presentar como guionista de Polka para hombres asesinos. Y si Ariel no te llama, ya sabras a donde ir a buscarlo.
Saludos.
Veneno perfumado
La máquina tosió, se sacudió espasmódica dominada por un poderoso rugido que nacía de sus entrañas mecánicas, tripas de plástico y aleación. El tambor dejó de girar, se balanceó suavemente hasta la inmovilidad y el silencio. Me acerqué con un temor exagerado, lo reconozco. Liberé el cable del enchufe como habría desconectado la silla eléctrica de un condenado inocente. Traté de oír lo que ocurría dentro de la máquina. Nada. Ni un leve murmullo eléctrico, ni siquiera el apagado zumbido de una resistencia. Por el cristal vi que el agua todavía estaba ahí, la poca ropa que había puesto dentro (un verdadero desperdicio), flotaba exánime en el lago turbio de suciedad. Necesitaba la camisa blanca. El resto podía esperar, pero la camisa no. Abrí la puerta. El agua cayó, como en una diminuta cascada. Metí la mano y saqué mi camisa blanca, apenas un poco más limpia de lo que estaba antes. Fui hasta el teléfono y llamé al técnico. Para cuando llegó yo ya estaba listo para irme, había lavado mi camisa blanca a mano y la había secado combinando la magia de un ventilador, un secador de pelo y una plancha. Estaba armando el nudo de la corbata azul cuando el técnico me dijo que el problema con el lavarropas era claro. Metió la mano en el interior de la máquina y sacó una pasta blanca, como una baba espesa. ¿Usted usa Ariel, verdad?, preguntó. Le dije que sí, que era el que mi novia me había recomendado. El técnico meneó la cabeza y chasqueó la lengua. Luego me preguntó si lo usaba desde hacía mucho tiempo. No sabía qué decirle, uno no controla ese tipo de costumbres, apenas sabía cuántos meses hacía que salía con mi novia. Un año, un poco más, quizá, respondí. La cara del técnico se transformó. Comenzó a hablar incoherencias acerca de venenos que actúan por contacto, absorbidos por la piel, y detalló una serie de síntomas que yo venía sintiendo desde hacía meses, pero que me obstinaba en explicar por medios más convencionales, resfríos, gripes, virus poco agresivos. Reí algo nervioso. Me está tomando el pelo, pensé. Miré al técnico con cara de incrédulo, pero la broma no cedía, el hombre de mameluco azul y guantes de goma que en instantes seguramente estallaría en una odiosa carcajada diciendo “Si hubiese visto su cara”, todavía fingía una preocupación digna de un thriller hollywoodense, con Morgan Freeman en el reparto y muchos vientos en la banda sonora. Vamos, hombre, dije, tratando todavía de anudar la corbata, no querrá usted que yo crea que… No pude terminar la frase. Me incliné sobre la mesa y comencé a toser, a sacudirme dominado por espasmos incontrolables. Oí la lejana voz del técnico pidiendo una ambulancia, como desde otro mundo, y en el fondo de la garganta un sabor limpio y nuevo, un sabor blanco que subía, veneno perfumado que vomité mientras el técnico, un buen hombre después de todo, me arrancaba la chaqueta y la camisa, la camisa blanca, y decía cosas como “Trate de mantenerse despierto” y algo más que no llegué a oír…
Es publicidad inversa, claro.
Paterna: ¡Muchas gracias! Si Pol-Ka algún día quiere hundir definitivamente alguno de sus productos de ficción, saben dónde encontrarme.
Leonardo: ¡Muy bueno, mi amigo! Yo creo que la gente de Ariel igual podría usarlo, con un slogan como “Ariel: el detergente que lo hará sentir en el más allá”.
juas juas qué bueno! espero que lo elijan, porque con lo que cuesta sacar la sangre bien mercen anunciar que ariel futur puede incluso con eso. No sé yo, sin embargo, si los de CSI caerían en la trampa. Fijo que pillan al asesino!!
¡que buena bomba!
yo iba por ruta 5 a pehuajó cuando un camión con acoplado mordió la banquina y volcó destrozando mi auto con su carga. así descubrí ariel.
Sí, sí, era para los de Ariel por hacer esas preguntas.
Jack el destripador debe ser el promotor de “La Gotita” entonces.
Claro, Reflai, no me negarás que, a pesar de su quizá escasa eficacia ensalzando las virtudes de los productos, la “publicidad inversa” nos liberaría de plagas propagandísticas como la felicidad envasada…
Guisante: Los de CSI son traidores: usan Comfort.
Cordin: Nada mejor que una buena primera impresión.
Ling: Pobres, los de Ariel. Al final me terminaron cayendo simpáticos.
Reflai: Sin ninguna duda. Y largó el escalpelo cuando le rescindieron el contrato.
Leonardo: Es que la felicidad sin envasar se suele chorrear por las rendijas.
Yo a Ariel lo descubri una tarde de verano en San Bernardo, el estaba en la heladeria y le chiflo a mi hermana que venia conmigo. Casi nos agarramos a las trompadas, pero al final no paso nada, nos fuimos a tomar unas cervezas con mi hermana y la el, que tambien estaba en la heladeria. Desde entonces, somos amigos. Un capo, Ariel, se las sabe todas!
(sonrisa)
cariños.
Uh… no me vas a negar que no es genial cuando se chorrea, eso quiere decir que hay bastante… que sobra un poco hasta para que el piso sea feliz…
Paulo Apu: Obviamente, Ariel nos cambió la vida a todos.
Voyeur: Cariños y sonrisas son devueltos con creces.
Leonardo: No niego nada, y afirmo aún menos.
http://hazmeunamascara.blogspot.com, date una vuelta.
Leonardo: ¡Gracias por la invitación! Allí estaremos.
yo quiero que la historia termine con el tipo fumando en la comisaría, explicándole a la policía cómo fue todo, mientras la policía escribe en una máquina de escribir vieja (una Olivetti, por ejemplo), y que el testimonio empiece con: “la odiaba porque…” (en el medio iría todo lo típico: cómo pensó en matarla, durante cuánto tiempo lo pensó, etc.) y termine con las palabras célebres “y así descubrí a Ariel”. Es buena, piensenlo