Posts de Febrero de 2006

El edén al este

28 de Febrero de 2006

El Clan Entintado, en una especie de despedida simbólica del verano, decidió pasar un fin de semana largo (inventado) en la hermosa República Oriental que nos mira desde el otro lado del río.

Borracho de hospitalidad charrúa, hago mío el sentimiento expresado por un lector de la Mágica Web en este post. A riesgo cierto de pecar de ignorante generalizador y porteñocéntrico empedernido, la sensación que me asalta cada vez que piso Uruguay es la de estar en una versión alternativa de la Argentina, en la cual todas las esquinas del pasado fueron dobladas de manera algo mejor.

¿Pero acaso puede alguien resistirse a un lugar en el que es imposible decidir si es más hermoso de mañana o de noche?

Punta del Este de día - Click para ver en mayor tamaño
Punta del Este de noche - Click para ver en mayor tamaño

Fue tal la influencia positiva de estas tierras en nuestro espíritu que Don Mateo no cejó un segundo en sus actividades de seducción playera, sin importar que las doncellas a ser cautivadas fueran bastante mayores o simularan no estar interesadas. Al parecer, en las costas uruguayas bastan una cabellera alborotada por el viento y una sonrisa para derribar cualquier barrera. A las pruebas me remito:

Mateo, el seductor playero - Click para ver en mayor tamaño

Será que soy víctima del Síndrome del Turista, en el que sólo se aprecian las maravillas del lugar visitado y uno es incapaz de notar inconveniente alguno. No lo niego. Pero por lo pronto, yo pienso lucir championes en vez de zapatillas, comer pila de bizcochos en lugar de un montón de facturas, y tomar más refrescos y menos gaseosas. ¿Ta?

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Cosechando uno por uno

22 de Febrero de 2006

Hongos psicotrópicos bloguísticos - Click para ver en mayor tamaño

La imagen, tomada de un antiguo catálogo de botánica recreativa, muestra algunos ejemplares de Fungus Chantapufae (comúnmente conocido como “Blogorongo”), un hongo psicotrópico de propiedades alucinógenas que suele ser utilizado por los bloggers inescrupulosos para confundir a sus lectores y hacerles creer que tienen algo digno de ser publicado.

(Se rumorea en las oficinas de Amor Entintado que el resto del año 2006 será inusualmente prolífico, pero yo que ustedes no les creería nada de nada)

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¡Salud!

15 de Febrero de 2006

El pabellón noroeste del Hospicio Santa Elvira alberga casi exclusivamente a pacientes afectados con Síndrome de Retraso Temporal Específico. Se trata de gente cuya salud es prácticamente normal, excepto por un detalle: alguna de sus funciones corporales se encuentra notablemente ralentizada con respecto al resto. Allí podemos encontrar, por ejemplo, a un sepulturero de Leipzig a quien cada parpadeo le toma cerca de catorce minutos y a una infortunada taquígrafa sudafricana cuyos bostezos jamás se completan en menos de ocho horas.

El caso más impresionante es, sin duda, el de Juan Javier Magariños de la Cuesta, un carpintero oriundo de Vigo que sintió una molesta picazón en la nariz allá por Marzo de 1965, cuando era apenas un adolescente, y todavía hoy se encuentra en pleno proceso de completar ese estornudo que comenzó hace más de cuarenta años. Pasa el tiempo sentado en su cama, con los ojos bien cerrados, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta de par en par, repitiendo un “ah, ah” que se hace cada día más urgente. Los doctores que se ocupan de su caso coinciden en que el paso de Juan Javier a la etapa final de su delicada situación es inminente, y por lo tanto han ordenado la compra de varias toneladas de pañuelos de papel tissue y una importante dotación de paraguas para las enfermeras que tengan la mala fortuna de tener que atenderlo en años venideros.

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Fabulando

8 de Febrero de 2006

Érase una vez un matrimonio de campesinos que vivía en una cómoda cabaña en las afueras de un bosque. Allí cultivaban frambuesas rojas como rubíes y melocotones tan suaves que, si uno cerraba los ojos al tocarlos, ni siquiera se enteraba de que lo estaba haciendo. Con estas frutas se dedicaban a confeccionar mermeladas y confituras que luego vendían por las mañanas en la feria de un pueblo cercano, y así pasaban plácidamente sus días.

La doncella de la casa se llamaba Isolina, y era hermosa como el instante en que vuelve a asomar el sol luego de un chaparrón de verano. Sus manos olían siempre a azúcar y podía derretir la nieve con una simple sonrisa. Tanta armonía había en sus facciones, tan grácil era su andar, que cualquier príncipe hubiera sido capaz de librar mil batallas por el amor de semejante muchacha. Sin embargo allí estaba ella, abrumadoramente sencilla, feliz entre sus árboles en flor y cuencos rebosantes de almíbar.

Su marido Leopoldo, muy por el contrario, era lo más cercano a un esperpento que jamás se hubiera visto en el reino y sus alrededores. No había parte de su cuerpo que no estuviera cubierta por algún tipo de verruga, mancha o escoriación supurante. Había perdido el ojo izquierdo en una reyerta de juventud y, quizás para compensar, un ataque crónico de reuma lo obligaba a renquear de la pierna derecha. Además, no era demasiado adepto a tomar baños, y hedía tanto que las mariposas que osaban acercársele a menos de diez yardas caían fulminadas en forma instantánea. Cuando bebía alcohol, lo cual ocurría con gran frecuencia, solía tornarse violento y propinarle largas zurras a Isolina sin razón alguna. Era tan terrible y bien ganada su fama de espanto que las madres de la comarca solían amenazar a sus pequeños con “llamar a Leopoldo el Dulcero” si se negaban a marcharse a la cama por las noches.

Un buen día, Leopoldo se sentó a la mesa del almuerzo con aire preocupado. Una sombra de mortificación cruzaba su espantoso semblante y su lengua verdosa jugueteaba nerviosamente alrededor de los pocos dientes que le quedaban.

—¡Leopoldo, luces tan preocupado! ¿Ocurre algo malo? —preguntó tiernamente Isolina, mientras terminaba de preparar un delicioso potaje de ganso, habas y romero.

—Tengo la terrible sospecha de que nuestro creador me odia, Isolina.

—¿Nuestro creador? Pero… ¿de qué estás hablando, marido mío? —respondió ella en esa voz aterciopelada capaz de hacer callar, avergonzados, a los pájaros más armoniosos de todo el bosque—. Por favor, dime que no has estado bebiendo aguardiente de calabaza con tus amigos otra vez.

—Me refiero al encargado de detallar nuestras vidas hasta este preciso momento, aquél quien se arrogó la infausta tarea de dictar nuestro destino. ¿Es que acaso no te das cuenta, mujer? ¡Ese bastardo no pudo haber imaginado nada peor que este engendro deleznable que veo cada mañana en el espejo! Mi horripilante apariencia exterior es sólo comparable con la inmundicia que desborda de mi negro y frío corazón.

Leopoldo sacudió su cabeza amargamente por unos segundos antes de continuar.

—Y lo que resulta aún peor de todo este asunto es tu increíble belleza. Eres tan perfecta que no me cabe duda alguna de que está absolutamente enamorado de tí.

—Ay, pero qué cosas dices, cariño. ¿Realmente crees que somos sólo el resultado de la febril imaginación de un pobre loco? Mejor olvídate de tus infundados recelos y prueba este guiso, que seguramente te calentará el estómago y mejorará tu humor.

Tomando su cuchara con aire distraído, Leopoldo tomó un bocado del humeante preparado que Isolina colocó frente a él, sin dejar de hablar y quejarse mientras masticaba.

—No son sólo desvaríos míos, te lo aseguro. Es bien sabido que cuando alguien en un relato es tan repugnante como yo, tarde o temprano terminará por ser eliminado, pues es lo que los lectores quieren. Ésa es justamente la definición clásica de un villano, ¿o no? Tendré que andar con mucho cuidado de ahora en más—. Levantando un dedo intimidante, agregó: —¡Y si me llego a enterar de que tú estás en complicidad con este cuentista de cuarta, te espera tal paliza que…!

Leopoldo nunca pudo terminar de proferir su amenaza, pues comenzó a sufrir violentas convulsiones y su único ojo sano se puso en blanco. Se tomó el cuello con una mano intentando en vano volver a respirar, mientras estiraba su otro brazo buscando inútilmente la ayuda de Isolina, quien observaba la escena con inmóvil placidez. Eventualmente, luego de una serie de accesos de tos sanguinolienta, Leopoldo se desplomó pesadamente sobre la mesa y exhaló su último suspiro con el rostro hundido en su fatal plato de comida.

Con toda la calma del mundo, Isolina salió de la cabaña, tomó una pala del depósito de herramientas aledaño a la huerta y se dispuso a cavar una sepultura para su malogrado esposo, junto al arbusto de frambuesas más fértil de la plantación. Tarareando una melodía imposiblemente dulce, trabajó sin prisa: tenía por delante un futuro de dicha eterna y la sensación de libertad resultaba embriagadora.

A su alrededor, el cielo de la tarde era más azul que nunca.

Moraleja:
Si de fábula tú eres personaje
y son muchas las penurias que te abruman,
pues seguro que tu escriba te aborrece.
Fuego, balas o veneno de un brebaje,
(te lo digo yo, que soy el de la pluma):
mil maneras hay, es fijo que pereces.

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