Posts de Mayo de 2006

Guardias

26 de Mayo de 2006

A pesar de que el Hospicio Santa Elvira alberga exclusivamente a pacientes psiquiátricos, cuyos trastornos suelen presentarse de manera gradual y pueden tomar varias semanas para diagnosticarse correctamente, los médicos allí apostados igualmente cumplen con un sistema de guardias nocturnas para la atención de emergencias. Es que nunca falta el psicótico que intenta desollar viva a su ama de llaves en la madrugada de un feriado o aquel esquizofrénico que se pone a discutir a grito pelado con sus otras personalidades a las cuatro de la mañana, despertando a toda la vecindad.

Hoy en día, los turnos para estas guardias son distribuidos de manera equitativa y razonable, asignándose (por lo general) sólo una vez por semana a cada facultativo. Pero a principios del siglo pasado el sistema era mucho más laxo y los doctores que buscaban algún ingreso monetario adicional podían cumplir con varias noches seguidas de guardia, ya que no existían límites al respecto. De hecho, en esa época se generó dentro del hospicio una especie de submundo lúdico en el que se realizaban cuantiosas apuestas buscando ver quién lograba permanecer en el nosocomio durante la mayor cantidad de horas consecutivas. El récord absoluto fue conseguido en el otoño del año 1919 por el Doctor Ludovico Stellafuoco, un psiquiatra veronés que atendió pacientes (entre consultas y guardias) por más de quince días corridos, sin descanso. Lamentablemente, los serios contratiempos provocados por esta notable proeza hicieron que este tipo de maratón laboral en el hospicio fuera expresamente prohibida por las autoridades de ahí en adelante.

Durante la primer semana, el Dr. Stellafuoco cumplió con sus deberes de manera ejemplar, elaborando acertados diagnósticos sin titubear y recetando perfectas dosis de psicotrópicos y antidepresivos. Pero pasados ya los diez días de labor continua, la falta de buen sueño y el lógico cansancio comenzaron a hacer mella en sus habilidades. La primera señal de alarma se encendió cuando su secretaria entró al consultorio y lo encontró tomando la temperatura basal de una pequeña estufa a leña, mientras murmuraba: “Matilde, me temo que sus fiebres delirantes continúan agravándose”. Al día siguiente, un enfermero tuvo que separarlo a la fuerza de un paciente que sufría de persistentes alucinaciones, a quien intentó devorar a mordiscones para demostrarle de manera inequívoca que no era un pollo al spiedo, o por lo menos que (según sus propias palabras) “si lo es, está todavía bastante crudo”.

El hecho que terminó de convencer a los directivos de la institución de la necesidad de enviarlo de una buena vez a su casa a descansar fue cuando, combinando un cable de alta tensión y la laguna decorativa ubicada en el jardín central del edificio, aplicó una exagerada terapia de electroshock grupal a más de setecientas personas en forma simultánea, muchas de las cuales (según se descubrió al catalogar los chamuscados cadáveres) ni siquiera eran pacientes en Santa Elvira.

Pero es sabido que las leyendas son eternas. Y tal es así que, hoy en día, cuando los jóvenes residentes del Hospicio Santa Elvira logran burlar de alguna manera el sistema y agenciarse dos turnos consecutivos de guardia, se refieren al hecho (quizás sin conocer su origen) como a “hacer la gran Stellafuoco”.

(Anteriormente, en esta misma saga: ¡Salud!)

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El inadaptado de siempre

17 de Mayo de 2006

El Mundial de Fútbol se cierne, omnipresente e inevitable, sobre todos nosotros. Y Mateo El Grande, fiel a su tradición de precoz delincuencia, seguramente aprovechará esta inmejorable oportunidad para hacerse con el liderazgo de la temible barra brava argentina, destinada a asolar las apacibles tierras germanas. Por ahora, el pequeño salvaje demuestra la seriedad de su misión dedicando varias horas diarias a entrenarse en diversas actividades requeridas para desempeñar con idoneidad esta importante labor, tal como se demuestra en los siguientes testimonios fotográficos:

Mateo entrena para barra brava, toma uno - Click para ver en mayor tamaño

Ejercicio 1: Poner cara de inocente y desentendido, mientras se ocupan las manos (fuera de la imagen) en quitar las dos pilas tamaño AA de la radio portátil para revoleárselas al juez de línea más cercano, quien nos cobró ya varios offsides inexistentes.

Mateo entrena para barra brava, toma dos - Click para ver en mayor tamaño

Ejercicio 2: Demostrar una alegría incontrolable y contagiosa al comprobar que el ataque al mencionado árbitro asistente fue efectivo, a juzgar por la necesidad de los médicos de realizarle una tomografía computada en pleno campo para evaluar la gravedad de su conmoción cerebral. Como beneficio adicional, esta misma expresión puede utilizarse en el poco probable caso de que haya algún gol que festejar.

Mateo entrena para barra brava, toma tres - Click para ver en mayor tamaño

Ejercicio 3: Colgarse del alambrado y engalanar con ocurrentes epítetos el árbol genealógico completo del volante creativo del equipo contrario, buscando desconcentrarlo en su labor, sin importar que el susodicho no comprenda ni una sola palabra del idioma castellano.

Autoridades policíacas alemanas, un simple consejo: prepárense para lo peor.

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Integrando los derivados

15 de Mayo de 2006

La idea es que primero se edite un remix a cargo de uno de los DJs más reconocidos de Ibiza, transformándose en uno de los éxitos del verano europeo. Unos meses después comenzará a circular en Internet una grabación en vivo de calidad mediocre, pirateada por un atrevido adolescente en uno de nuestros shows en Toronto. Al año siguiente iniciaremos una muy publicitada batalla legal contra un grupo heavy metal finlandés, acusándolos de haber plagiado descaradamente gran parte del tema (doce compases y medio, para ser exactos) en el cuarto corte de su álbum debut, “Cocinando para Belcebú”. Alrededor de esta misma época, en un disco de homenaje a nuestra carrera que reunirá a lo más selecto de la escena folklórica argentina, un veterano artista de ilustre pasado y emblemática barba interpretará su bellísima versión, acompañado únicamente por una guitarra acústica y un trío de quenas del altiplano.

A esta altura será clara para nosotros la inutilidad de dar a conocer la canción original, ya que preferiremos que nuestro público disfrute de la libertad de poder reconstruirla a gusto en base a todas sus reinterpretaciones. Y ya que jamás la editaremos, podemos ahorrarnos hoy el molesto trámite de tener que componerla, lo cual nos deja bastante tiempo libre para otras actividades más placenteras, como confeccionar artesanías en macramé o escuchar algún programa en radio AM.

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¡Extra! ¡Extra!

10 de Mayo de 2006

Noticias entintadas

Gracias por la magia, Newspaper Snippet Generator.

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Madera verde

4 de Mayo de 2006

Entre el apuro por hacerse a la mar (motivado, según dicen, por escapar cuanto antes de sus acreedores) y los míseros recursos económicos a su disposición, el capitán Fernando Luis Lozano se vio obligado a sacrificar varios aspectos cualitativos de su ambicioso proyecto de circunnavegación. Los miembros de su tripulación, por caso, fueron seleccionados al azar entre los comensales de una cantina aledaña al puerto de Castro Urdiales y contaban, sin excepción, con una experiencia carcelaria mucho más vasta que lo que la prudencia recomendaría. A la hora de adquirir los comestibles para ser consumidos durante el periplo, Lozano sólo contaba con dinero suficiente para hacerse con seis quintales de nabos valencianos en escabeche, conserva ciertamente deliciosa pero algo monótona luego de un par de semanas de travesía. A falta de brújulas, catalejos y sextantes, un simple juego escolar de escuadra, compás y transportador (obsequiado junto al fascículo de otoño de una popular publicación infantil de la época) habría de funcionar como única herramienta de navegación.

Quizás uno de los mayores sacrificios fue el de la nave propiamente dicha, la hoy legendaria “Mozalbeta”. Como nuestro atribulado aventurero no lograba costearse una embarcación decente, tuvo que conformarse con una vetusta y descalabrada carabela que compró a un viejo comerciante marino de la zona a cambio de seis doblones de oro y los favores amatorios de su mismísima hermana (quien, convengamos, no ofreció demasiada resistencia al enterarse de la oferta que la contaba como protagonista). Tan derruidos se encontraban el casco y las estructuras internas de la nave, sobreviviente a duras penas de incontables hundimientos, que era imposible zarpar sin antes taponar al menos los boquetes más importantes. Lozano ordenó entonces a algunos de sus hombres que hacharan varios ejemplares de los árboles más imponentes que encontraran en las afueras de la ciudad, con la idea de utilizarlos como material reparatorio. Así fue que, con las nuevas planchuelas de remiendo aún rezumando savia pegajosa, “La Mozalbeta” y su dudoso equipo de navegantes partieron rumbo al Norte.

Uno de los efectos secundarios más curiosos de tan apurado emparchamiento, además de sonoros chirridos al surcar mares embravecidos y una curiosa tendencia a atraer cardúmenes de barracudas y tiburones, fue que estos tiernos maderos absorbieron la natural humedad del ambiente marino a raudales y, como es lógico, comenzaron a dejar brotar verdísimos retoños a diestra y siniestra. A los pocos días de zarpar, el área de camarotes asemejaba un verdadero bosque, tan frondoso que un grumete se dedicaba exclusivamente a acompañar a los miembros de la tripulación hacia sus catres, abriendo camino a fuerza de machetazos.

Este molesto inconveniente, sin embargo, tuvo una faceta ciertamente positiva: al estar rodeados de tan profusa vegetación, originaria de los campos en los que habían nacido y crecido, los salvajes marinos dormían arropados por los aromas de su niñez y soñaban dulcemente, recordando largas tardes de verano a la vera del arroyo, los ojos almendrados de aquellas niñas en el pueblo al otro lado del monte y las caricias tibias de sus madres al darles el beso de las buenas noches. Muchos aseguran que esta sensación de pleno bienestar infantil a la hora de conciliar el sueño pudo haber atemperado los ánimos habitualmente inflamables de estos toscos muchachos, al punto de retrasar por varias semanas el inevitable y violento final de tan infausta travesía.

Y fue así que la premura, la naturaleza y el azar, en extraña sociedad, conspiraron para que esta odisea (que jamás tendría que haber comenzado) se prolongara bastante más que lo estrictamente necesario.

(Anteriormente, en esta misma saga: Proa hacia allá)

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