Madera verde
4 de Mayo de 2006
Entre el apuro por hacerse a la mar (motivado, según dicen, por escapar cuanto antes de sus acreedores) y los míseros recursos económicos a su disposición, el capitán Fernando Luis Lozano se vio obligado a sacrificar varios aspectos cualitativos de su ambicioso proyecto de circunnavegación. Los miembros de su tripulación, por caso, fueron seleccionados al azar entre los comensales de una cantina aledaña al puerto de Castro Urdiales y contaban, sin excepción, con una experiencia carcelaria mucho más vasta que lo que la prudencia recomendaría. A la hora de adquirir los comestibles para ser consumidos durante el periplo, Lozano sólo contaba con dinero suficiente para hacerse con seis quintales de nabos valencianos en escabeche, conserva ciertamente deliciosa pero algo monótona luego de un par de semanas de travesía. A falta de brújulas, catalejos y sextantes, un simple juego escolar de escuadra, compás y transportador (obsequiado junto al fascículo de otoño de una popular publicación infantil de la época) habría de funcionar como única herramienta de navegación.
Quizás uno de los mayores sacrificios fue el de la nave propiamente dicha, la hoy legendaria “Mozalbeta”. Como nuestro atribulado aventurero no lograba costearse una embarcación decente, tuvo que conformarse con una vetusta y descalabrada carabela que compró a un viejo comerciante marino de la zona a cambio de seis doblones de oro y los favores amatorios de su mismísima hermana (quien, convengamos, no ofreció demasiada resistencia al enterarse de la oferta que la contaba como protagonista). Tan derruidos se encontraban el casco y las estructuras internas de la nave, sobreviviente a duras penas de incontables hundimientos, que era imposible zarpar sin antes taponar al menos los boquetes más importantes. Lozano ordenó entonces a algunos de sus hombres que hacharan varios ejemplares de los árboles más imponentes que encontraran en las afueras de la ciudad, con la idea de utilizarlos como material reparatorio. Así fue que, con las nuevas planchuelas de remiendo aún rezumando savia pegajosa, “La Mozalbeta” y su dudoso equipo de navegantes partieron rumbo al Norte.
Uno de los efectos secundarios más curiosos de tan apurado emparchamiento, además de sonoros chirridos al surcar mares embravecidos y una curiosa tendencia a atraer cardúmenes de barracudas y tiburones, fue que estos tiernos maderos absorbieron la natural humedad del ambiente marino a raudales y, como es lógico, comenzaron a dejar brotar verdísimos retoños a diestra y siniestra. A los pocos días de zarpar, el área de camarotes asemejaba un verdadero bosque, tan frondoso que un grumete se dedicaba exclusivamente a acompañar a los miembros de la tripulación hacia sus catres, abriendo camino a fuerza de machetazos.
Este molesto inconveniente, sin embargo, tuvo una faceta ciertamente positiva: al estar rodeados de tan profusa vegetación, originaria de los campos en los que habían nacido y crecido, los salvajes marinos dormían arropados por los aromas de su niñez y soñaban dulcemente, recordando largas tardes de verano a la vera del arroyo, los ojos almendrados de aquellas niñas en el pueblo al otro lado del monte y las caricias tibias de sus madres al darles el beso de las buenas noches. Muchos aseguran que esta sensación de pleno bienestar infantil a la hora de conciliar el sueño pudo haber atemperado los ánimos habitualmente inflamables de estos toscos muchachos, al punto de retrasar por varias semanas el inevitable y violento final de tan infausta travesía.
Y fue así que la premura, la naturaleza y el azar, en extraña sociedad, conspiraron para que esta odisea (que jamás tendría que haber comenzado) se prolongara bastante más que lo estrictamente necesario.
(Anteriormente, en esta misma saga: Proa hacia allá)
Archivado en: En la carabela, Relatos Sin Razón
9 comentarios
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no hay palabras que expresen la felicidad que senti cuando entre (casi sin esperanzas, debo aceptarlo) y vi que habia un post nuevo!
si, asi de mucho me gusta lo que escribis!
Me engancha la historia, pero sepa que no dormiré tranquila hasta que no nos relate la historia de los bigotillos.
A punto de escribir una exclamación tal como ¡Pobre capitán Lozano!, he rectificado acertadamente para escribir: ¡Pobre foca y sus cosquilleantes bigotes!
saludos
Y seguramente se llenaban de pájaros esos nuevos árboles, y de frutos que reemplazaron un poco a los nabos valencianos…..
Saludosss!!
Lucre: Muchas, muchísimas gracias por el enorme elogio. Y sí, tenés toda la razón del mundo, estas páginas no se actualizan con la regularidad que me gustaría.
Ana: Hay miles de anécdotas del Capitán Lozano y sus peripecias, algunas bigotadas y otras no. Quédese tranquila, que cada tanto seguirán apareciendo por estos lares.
Maun: Desafortunadamente para la tripulación, ninguno de los árboles de esta foresta itinerante resultó ser frutal. Eso sí, con las hojas secas de varios de ellos se podían preparar unas muy estimulantes infusiones.
Entintado compañero… Cuente la historia de amor del Capitán Lozano y Narvik, la foca groenlandesa. Yo podría relatarla, pero mi versión proviene de fuentes marginales y está cargada de episodios de sexo, violencia y wawancó ártico. Cuéntela Ud. que sabe mirar el lado romántico de las historias.
La memoria del marino, y no digamos del escribiente, juega con tamaños, desdichas y lugares. No dudo del bosque naval pero ¡¡¿¿Nabos de Valencia??!! ¡¡Ya serían chufas en horchata!!
Hoy he linkeado el sitio
x lo tanto pasaré + seguido
saludos
Amperio: Quédese piola, amigazo, que el amor de Lozano y Narvik será el (merecido) punto final de esta epopeya literaria. Todavía hay (lamentablemente) mucho trecho por recorrer hasta llegar a esa pasión mamífera marina, pero no puedo imaginar mejor desenlace para nuestra historia que este tan mentado amor ártico.
Eduardo1: Lozano también sospechó en ese momento, ya que nunca había oído hablar de tal conserva, pero el dinero (o la falta de él) es lo que manda, y así fue que los adquirió sin chistar.
Marian: Se agradecen el link y la visita, que esperamos se repitan.
Gracias, Entintado. Sabía que no podía esperar otra cosa de Ud. Esperaré ansioso y leyendo con placer el final de la historia.