Posts de Agosto de 2006
Suspensión inanimada
24 de Agosto de 2006
Una de las razones para la relativa quietud en estas páginas (además de la ya acostumbrada vagancia de las musas de su autor, por supuesto) es que el campamento Entintado está en pleno preparativo viajero. Estaremos alejados de nuestros pagos por un par de semanas, en un pequeño periplo que mezclará placer, negocios y actividades sociales en partes más o menos iguales.
Debido a las actuales circunstancias tecnológicamente restrictivas a la hora de abordar vuelos internacionales, por todos harto conocidas, hemos desistido de la idea de llevarnos la computadora portátil. Esta difícil decisión se traduce en una muy baja probabilidad de que este espacio sea actualizado desde allende nuestras fronteras (a diferencia de lo que ocurrió en nuestra aventura mundialista). Aprovecho entonces estas líneas para avisarles de esta breve suspensión y de paso pedirles que nos cuiden el chiringuito: con regar el potus día por medio y cada tanto sacudir las telarañas nos alcanza y sobra.
De todas maneras, para que nuestros habituales lectores no nos extrañen demasiado (larga pausa para carcajadas incontenibles), les dejamos un regalito de despedida ante nuestra breve ausencia. Se trata de una sentida interpretación de la afamada canción “El payaso Plim Plim” a cargo del notorio cantante melódico romántico contemporáneo conocido como Monsieur Mateo, capturada algunas semanas atrás en un íntimo recital en La Maison Tintée:
Nos leemos a la vuelta, mis amigos.
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Acomodando la balanza
24 de Agosto de 2006
Como para que no queden dudas de que detrás de todo esto hay fuerzas misteriosas que insisten en mantener cierto balance en nuestra realidad cotidiana, un nuevo y cabal ejemplo nos lo grita en la cara: unos días después de que desde aquí descerrajáramos el equivalente literario a un trago de ácido sulfúrico, don Eduardo Abel Giménez procede a regalarnos una botella del más delicioso elixir imaginable, en el punto ideal de añejamiento.
El universo vuelve a estar en perfecto equilibrio.
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Cómo arruinar un fin de semana
17 de Agosto de 2006
Es bien sabido que muchos aprovechan el tiempo libre que suele venir aparejado con los fines de semana para dedicarse a una serie de actividades que, debido a las cargas laborales y el consiguiente cansancio, no pueden darse el lujo de realizar de lunes a viernes. Un cierto porcentaje de esta gente tendrá a la lectura como su pasatiempo favorito, soñando con el momento en que, apoltronados en el sillón más cómodo de la casa, puedan zambullirse en las páginas de un buen libro.
Pero supongamos que llega el sábado por la mañana y alguno de estos entusiastas lectores descubre con desazón que, atrapado en la vorágine del día a día, ha olvidado pasar por su librería amiga y no tiene nada nuevo para leer. ¡Oh, no! ¿Qué hacer ahora? ¿Acaso podrá la maravillosa Web ofrecerles una rápida solución a su dilema?
Como aquí en Amor Entintado nos enorgullecemos de poder arruinar cualquier tipo de idea, sin importar cuán loable sea, ponemos a disposición de nuestra sufrida audiencia un flamante libro electrónico, que horrorizará a niños y adultos por igual.
Damas y caballeros, es con inmensa vergüenza que hoy les ofrecemos:
Click en la imagen para descargar el archivo (PDF, 60 páginas, 200Kb)
Mediante un inocente click se encontrarán ustedes en la poco envidiable posición de ser poseedores de este pequeño opúsculo, el cual rejunta de manera insolente los renglones más ruines aquí publicados durante el año 2005. El librillo de marras se publica en formato Adobe Acrobat, pasible de ser accedido mediante un horrible bodoque conocido como Acrobat Reader o el muchísimo más ligero y elegante Foxit.
Que el Señor se apiade de todos nosotros.
Apostilla: Si alguno de ustedes se perdió el primer volumen recopilatorio, dedicado a textos del 2004, y desea hacerse con una copia (urgido, sin dudas, por algún tipo de masoquismo incontrolable), no tienen más que pasar por este viejo post y descargarlo.
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Jornada del infante
14 de Agosto de 2006
Click en la imagen para la versión completa, rebosante de estética nostalgiosa setentista
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Medicina de alta mar
8 de Agosto de 2006
A la hora de repasar los variopintos miembros de la malograda tripulación de “La Mozalbeta”, uno de los nombres quizás más injustamente olvidados es el de Vicente Magariños, un frágil anciano oriundo de Galicia que ocupó el cargo de médico oficial de la nave. Serán estos breves párrafos un intento de rescatar a este notable personaje del rincón más oscuro de la historia.
Durante los más de doscientos días que duró aquel patético intento de travesía comandado por el capitán Lozano, apenas hubo descanso para el doctor Magariños. Recordemos que la amplia mayoría de los tripulantes de la nave eran poco más que pandilleros barriales, estafadores y reos de la peor calaña, y es bien sabido que las vidas licenciosas que caracterizan a este tipo de individuos no son conducentes a un óptimo estado de salud. El ya magro panorama se complicaba aun más por las cuestionables condiciones sanitarias de “La Mozalbeta”: entre el apuro por reconstruir la nave (al que ya nos referimos oportunamente) y su escasa idea de todo lo relacionado a la ingeniería naval, Lozano jamás pensó en cubrir algunas de las necesidades más básicas, por lo que los sesenta y ocho tripulantes se vieron obligados a compartir un mismo excusado de sólo un par de metros cuadrados, que hacía las veces de ducha, lavatorio y retrete. Si a estas condiciones sumamos la escasa cantidad y variedad nutricional de los alimentos que se embarcaron al zarpar, no resulta sorprendente que males como el escorbuto, el beriberi, la difteria y el cólera hicieran estragos entre estos infortunados marinos.
Nuestro solitario facultativo, sin embargo, jamás pareció amedrentarse ante la terrible situación. Encerrado en su pequeño camarote, el cual utilizaba también como consultorio, Magariños hacía pasar de a uno a los hombres que se abarrotaban a su puerta, muchos de los cuales lloraban de dolor por las llagas que se multiplicaban en sus bocas, deliraban consumidos por la fiebre, o simplemente se desmayaban por culpa de la deshidratación y los calambres intestinales. Hablando en tonos dulces y monocordes, el doctor los hacía recostar en un pequeño camastro y procedía a auscultarlos con cierta parsimonia. Magariños luego consultaba durante largos minutos un enorme libraco de tapas de cuero con la palabra “Vademécum” inscripta en letras doradas, al cual jamás permitía que se le acercara nadie que no fuera él mismo. Por último, metía sus manos en un misterioso baúl negro, mezclaba vaya uno a saber qué brebajes, y emergía tras unos minutos blandiendo una vetusta cuchara que invariablemente rebosaba de un líquido pegajoso y dulzón. Y a pesar de que sus recetas caseras para las distintas enfermedades parecían ser (al menos a simple vista y gusto) notablemente semejantes entre sí, lo cierto es que todos aquellos que entraban a su consultorio casi al borde de la muerte, resurgían minutos después desbordantes de una eufórica energía, listos para volver a enfrentar la dura vida en alta mar.
El capitán Lozano, con buen tino, consideraba al doctor como una pieza fundamental para mantener la relativa integridad de su tripulación, y se preocupó siempre por su seguridad durante los numerosos motines que se sucedieron a lo largo de su periplo. Sin embargo, durante una feroz revuelta que tuvo lugar pocos días antes de la zozobra final de “La Mozalbeta”, Magariños fue atacado por un grumete absolutamente enloquecido por el hambre y el intenso frío, quien lo arrojó por la borda acusándolo a grito pelado de practicar magia negra y de ser el responsable de que Dios los estuviera castigando.
Tras su muerte, llegado el momento de vaciar el camarote del malogrado doctor y lidiar con sus efectos personales, es que nos encontramos con las aristas más notables de esta historia. Cuando los curiosos marinos al fin tuvieron la oportunidad de asomarse a las páginas de su afamado vademécum, constataron con asombro que los únicos contenidos que guardaban dichas páginas eran litografías en tinta china de señoritas muy ligeras de ropa, enfrascadas en actividades bastante alejadas de la ciencia farmacéutica. Y su baúl de médico, al que suponían atiborrado de decenas de distintos componentes medicinales, tan sólo contenía tres sustancias (hecho que claramente develaba la misteriosa similitud entre todas sus recetas): un botellón de melaza de cedro, un frasquito con agua de alcanfor y catorce kilogramos de polvo de opio de gran pureza.
Si bien varios historiadores luego comprobaron que Vicente Magariños jamás había obtenido ningún tipo de entrenamiento en las artes medicinales y que se trataba en realidad de un simple charlatán de feria, quien esto escribe se niega a minimizar su indiscutible aporte en esta fascinante aventura.
Es hora de levantar nuestras copas en su memoria, buen doctor. ¡Salud!
(Anteriormente, en esta misma saga: Proa hacia allá, Madera verde)
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Escarchados
2 de Agosto de 2006
Diría la tía Zoila: “Media fresquita la mañana como pa’ salir en corpiño calado”.
(Los distinguidos visitantes sabrán disculpar la escasa calidad de las imágenes, capturadas con un teléfono celular sin ningún tipo de premeditación ni pretensión artística.)
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