Corcheas y fusas

Dame más, dame mucho más

26 de Junio de 2008

Como para demostrar que nuestra promesa de no parar hasta terminar de arruinar la web va muy en serio y no se queda en huecas grandilocuencias, tenemos hoy el agrado de presentar a consideración del respetable público presente dos flamantes incorporaciones al Conglomerado Universal Entintado™ (nótese la expansión de nuestro menú de cabecera para acomodar tanta macana). A saber:

Y así sigue su curso Amor Entintado, el blog que prueba de manera terminante aquello de abarcar mucho y apretar poco.

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Canción del momento XVIII

24 de Abril de 2008

Así, tan repentinamente como alguna vez desapareció, vuelve a estas páginas una de sus secciones más populares: la nunca olvidada Canción del momento. ¡A destapar esas botellas de Dom Perignon que tenían reservadas para esta ocasión, amigas y amigos!

Y para celebrar tan esperado retorno, nada mejor que hacerlo con un artista que es un favorito de la casa desde hace largo rato, pero que por una razón u otra todavía no había hecho su aparición en esta pantalla.

Flaco y a la vez panzón, algo zaparrastroso en el vestir, pelado, de profusa barba rojiza raramente retocada, Will Oldham parece ser la antítesis de la estrella de rock. De hecho, su tendencia a los seudónimos musicales (Palace Brothers, Palace Music, Palace, Bonnie “Prince” Billy y vaya uno a saber cuántos más) y a colaborar con otros músicos a diestra y siniestra parece indicar una sana renuncia al masaje de ego tan prototípico en el músico popular contemporáneo.

Pero a lo que el bueno de Will raramente renuncia es a la belleza en su música, como bien se puede apreciar en la canción Way, del disco Master and Everyone (2005):

Personalmente, me da la sensación de que Oldham, con esa tendencia a subordinar la afinación al sentimiento, es un gran creador de climas. Un rotundo ejemplo es Strange form of life, de su disco del 2006 llamado The letting go. Yo sigo sosteniendo que si por alguna razón mi funeral es celebrado a la vera de alguna ruta desértica a la hora del ocaso, esta canción (a caballo de ese glorioso estribillo instrumental) resultaría la banda de sonido perfecta para el momento:

Mi canción favorita de este buen señor es, sin lugar a dudas, la fantástica I gave you, compuesta a dúo con Matt Sweeney e incluida en el disco Superwolf, del año 2005:

La letra es sencillamente devastadora (y el videoclip es aún mejor - en serio, no se lo pierdan). Que quede claro que la apurada y chapucera traducción que incluyo acá abajo no le hace ningún tipo de justicia.

Te dí un hijo y vos no lo quisiste
Es lo más que tengo para darte
Te dí una casa y no la frecuentaste
Ahora dónde se supone que voy a vivir

Te dí un árbol y no lo abrazaste
Te dí una pesadilla y no la perseguiste
Te daría un sueño pero no harías otra cosa que despertarte
Ahora nunca voy a volver a dormir
Te daría un tesoro pero no harías otra cosa que robar de él
Mirá el agujero donde antes hubieron joyas

Nena, oh nena, por qué tenés que escaparte
De este amor que alguna vez llamamos amigo

Te dí mi cuerpo y comiste hasta saciarte
Te dí diez vidas y malgastaste veinte
Ahora estoy parado vacío, desamparado y desnudo
Sin una migaja más de mí para dar
Y vos, vos te desvaneciste en el aire
Este aire en el que tengo que vivir

Y ahora es mi turno de desvanecerme en el aire en el que les toca vivir. Espero que lo hayan disfrutado.

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Canción del momento XVII

27 de Febrero de 2007

A veces se me ocurre preguntarme qué es lo que hace que disfrute de algunas canciones y de otras no. Confío en que los gustos personales no se tratan de una ciencia exacta (odiaría que un frío algoritmo pudiera predecir con exactitud mi reacción emocional ante un estribillo), pero a la vez me divierte intentar entender los motivos de la atracción que puede tener un tema sobre mis oídos.

No se trata de cuestiones de virtuosismo instrumental, eso es seguro. Admiro la destreza como cualquier otro hijo de vecino, pero me parece que los habilidosos tienen una desafortunada tendencia a caer en la exhibición innecesaria pour la gallerie. ¿Cuál es la gracia de pisar la pelota y tirar una rabona si no tenés un marcador encima, mordiéndote los tobillos?

Tampoco viene la mano por las simpatías preexistentes que puedo llegar a tener por artistas, épocas o géneros musicales. Tengo mis preferencias, obviamente, pero hago un esfuerzo consciente para que no me obnubilen a la hora de escuchar cosas nuevas. Trato de darle las mismas oportunidades a todo lo que se me cruza en el camino. Y no es que me crea un campeón defensor de la más pura democracia auditiva, sino que esta actitud está conectada a cierto síndrome obsesivo-compulsivo bastante enfermizo: aborrezco la sospecha de estar perdiéndome de algo bueno sólo por prejuicioso.

Me atraen mucho las letras, claro. Esto resulta bastante obvio si uno repasa las ediciones anteriores de la sección Canción del momento, en las que suelo citar los versos que más me llaman la atención. Pero lo cierto es que más allá del caché literario que me puede dar el andar proclamando que para que me guste una canción la letra tiene que rebosar de poesía y metáfora, esto no es así. Mucha de la música que más disfruto es puramente instrumental o tiene letras simples, trilladas o directamente estúpidas.

La endeble conclusión a la que llego es que soy muy permeable a un elemento en particular: la melodía. Si puedo encontrar en una canción alguna secuencia de notas que me llame la atención, que pueda silbar en la ducha o tararear mientras paseo en bicicleta, ya existe entonces un gancho (no por nada en inglés llaman hook a la partecita más atractiva de un tema) del cual mi gusto puede colgarse. En general, cuando me enfrento con un disco por primera vez hago una especie de catálogo subconsciente de esos cachitos seductores, de manera que a la escucha siguiente, al empezar algún tema en particular, puedo pensar “¡Ah, éste es el que antes del estribillo está ese pianito que hace tararí-tarará!” y prestar más atención. Y así es que, por dos o tres segundos, puedo terminar enamorándome de un disco, un grupo o un género musical entero.

Pero qué mejor que ilustrar estos confusos conceptos con un ejemplo. The Jayhawks es (o era, porque andan algo desbandados) un grupo surgido a mediados de los años 80 que, si uno jugara al juego de la categorización, podría caer dentro de un cajón marcado como country-folk-roots-classic-rock (aunque, para evitar problemas, personalmente usaría un término anglosajón más elástico, nebuloso y a la vez conciso: Americana). Las tres canciones que hoy traigo a este rincón pueden encontrarse en el disco Smile del año 2000, un álbum algo menospreciado por sus fans históricos y los puristas del género debido a cierta pátina pop que, sin embargo, a mí me cae muy simpática.

Arranquemos entonces con A break in the clouds:

Uf. Una cancioncita genérica de amor que parece sacada de la banda de sonido de una mala película setentosa con Dolly Parton y Kenny Rogers. Debería darme vergüenza. Pero las melodías de ese “uh, uh, uh” en el puente y (sobre todo) el estribillo tan desbocadamente esperanzado se me graban a fuego en la corteza cerebral. Ya no hay vuelta atrás.

Más pop naïf desvergonzado en I’m gonna make you love me:

I’m gonna make you love me
I’m gonna dry your tears
We’re gonna stay together
For a million years

Voy a hacer que me ames
Voy a secar tus lágrimas
Vamos a quedarnos juntos
Por un millón de años

Creo que queda bastante claro que esta letra no aspira a destronar a los sonetos de Shakespeare, ni mucho menos. Pero ahí, entonada con ese entusiasmo tan contagioso, a mí se me hace difícil de resistir.

Para ir cerrando, mi canción favorita del disco, Broken harpoon, un amable y etéreo derroche de armonías:

No sé si hay alguna conclusión posible después de este interminable opúsculo sin pies ni cabeza. Sospecho que The Jayhawks no son ninguna maravilla, y estoy seguro de que algunos de sus otros discos son mejores y contienen canciones con mucho más mérito artístico que las que acá elegí publicar. Pero también es cierto que, personalmente, no hubiera llegado jamás a escuchar esos otros discos y esas otras canciones si éstas no se me hubieran cruzado por el camino.

A lo que voy es que me parece que en ocasiones se menosprecia injustamente aquello que resulta accesible de buenas a primeras, como si necesariamente hubiera que sufrir y trabajar horas extra para apreciar a los verdaderos genios y sus obras. Me permito dudar cuando se equipara lo instantáneamente atractivo con lo irremediablemente banal.

Si crear cosas disfrutables en lo inmediato fuera tan simple, tan reprobable, tan digno de holgazanes y pícaros, sepan ustedes que me estaría dedicando justamente a eso.

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El jardín entintado

14 de Noviembre de 2006

En nuestro jardín, la primavera corre de adelante hacia atrás. Un extraño sujeto de elegantes zapatos lo recorre, documentando cada paso en reversa. Las flores y las aguas son dominio exclusivo de cuadrúpedos salvajes y adorables bañistas. Y por cortesía de cierto tío talentoso y sus secuaces, el aire se llena de una música endiablada, especie de rumbita candombera tangófila, o tango rumbero candombeado, o candombe tanguero rumberístico, como ustedes prefieran.

Ah, ¿no me creen? Fíjense.

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Canción del momento XVI

18 de Octubre de 2006

Si me lo permitieran, pagaría muy buena plata por vivir (aunque sea por un par de horas) dentro de una canción de The Decemberists. A lo largo de cuatro discos y un puñado de EPs, Colin Meloy (cantante, guitarrista y autor de la enorme mayoría de sus temas) creó un universo plagado de piratas sádicos, bicicletas perdidas, callejones victorianos y suicidios por amor, un extraño amalgama aventurero de distintas épocas y latitudes en el que nada parece fuera de lugar. Y encima lo hizo armado de una delicadeza musical a prueba de balas.

Basten como ejemplo los cuatro minutos y pico de My mother was a Chinese trapeze artist (que se encuentra en el EP 5 songs del año 2001) , durante los cuales se repasa un enroscadísimo árbol genealógico que incluye guerrilleros franceses de pre-guerra y comunistas desertores apasionados por el punk-rock. Cuando Meloy nos confiesa que, a pesar de haber recorrido el mundo como marino a cargo de un brigadier que lo ganó en un partido de canasta, él hubiera preferido vivir como un simple panadero, nosotros no tenemos otra opción que creerle.

Las canciones de The Decemberists suelen ser también bastante engañosas: aún cuando los acordes y arreglos remitan a la más pura alegría, siempre puede detectarse una corriente de angustia debajo de la superficie. Tal es el caso de Summersong (del disco The crane wife, editado hace muy pocas semanas), en el que las luminosas imágenes de una playa veraniega y la mujer amada son devoradas por una gran ola, mensajera de una tumba de agua.

Esta misma dualidad macabra, quizás con mucho mayor ímpetu, se puede encontrar en mi canción favorita de The crane wife, con la que concluye esta humilde reseña. Se trata de The Shankill Butchers, una tenebrosa canción de cuna centrada en las andanzas de un grupo de asesinos en Irlanda del Norte.

They used to be just like me and you
They used to be sweet little boys
But something went horribly askew
Now killing is their only source of joy
‘Cause everybody knows
If you dont mind your mother’s words
A wicked wind will blow
Your ribbons from your curls
Everybody moan, everybody shake
The Shankill Butchers wanna catch you
Awake

Solían ser igual que vos y yo
Solían ser dulces nenitos
Pero algo salió horriblemente mal
Y matar es ahora su única fuente de alegría
Porque todos saben
Que si no hacés caso a tu mamá
Un viento malvado soplará
Y hará volar las cintas de tus bucles
Todos a gemir, todos a temblar
Los Carniceros de Shankill quieren agarrarte
Despierto

A ver quién se anima a escuchar esta canción hoy a la noche, con las ventanas de su habitación abiertas de par en par.

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Suspensión inanimada

24 de Agosto de 2006

Una de las razones para la relativa quietud en estas páginas (además de la ya acostumbrada vagancia de las musas de su autor, por supuesto) es que el campamento Entintado está en pleno preparativo viajero. Estaremos alejados de nuestros pagos por un par de semanas, en un pequeño periplo que mezclará placer, negocios y actividades sociales en partes más o menos iguales.

Debido a las actuales circunstancias tecnológicamente restrictivas a la hora de abordar vuelos internacionales, por todos harto conocidas, hemos desistido de la idea de llevarnos la computadora portátil. Esta difícil decisión se traduce en una muy baja probabilidad de que este espacio sea actualizado desde allende nuestras fronteras (a diferencia de lo que ocurrió en nuestra aventura mundialista). Aprovecho entonces estas líneas para avisarles de esta breve suspensión y de paso pedirles que nos cuiden el chiringuito: con regar el potus día por medio y cada tanto sacudir las telarañas nos alcanza y sobra.

De todas maneras, para que nuestros habituales lectores no nos extrañen demasiado (larga pausa para carcajadas incontenibles), les dejamos un regalito de despedida ante nuestra breve ausencia. Se trata de una sentida interpretación de la afamada canción “El payaso Plim Plim” a cargo del notorio cantante melódico romántico contemporáneo conocido como Monsieur Mateo, capturada algunas semanas atrás en un íntimo recital en La Maison Tintée:

Nos leemos a la vuelta, mis amigos.

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Canción del momento XV

21 de Julio de 2006

Quienes tengan la mala fortuna de ser veteranos seguidores de estas páginas habrán notado que tengo cierta debilidad por todo lo autorreferencial, y la música no escapa a este particular fetiche mío. Por eso pensé en dedicar esta nueva edición de nuestro ya tradicional apartado melómano a las metacanciones, como podríamos catalogar a aquellos temas que en sus letras se refieren, de una manera u otra, a sí mismos.

En ocasiones, esta autorreferencia genera una especie de paradoja temporaria, como ocurre con la canción Leaves that are green de Simon & Garfunkel, de su clásico disco Sounds of silence (1966). La primera estrofa arranca con estos fantásticos versos:

I was twenty-one years when I wrote this song
I’m twenty-two now, but I won’t be for long

Tenía veintiún años cuando escribí esta canción
Ahora tengo veintidós, pero no por mucho tiempo

Acá va toda enterita, para que la disfruten:

Willie Nelson, el trenzado cantautor country/folk, utiliza también muy sutilmente este tipo de truco en Sad songs and waltzes, un tema incluído en su disco Shotgun Willie, del año 1973. Allí, caballerosamente, le advierte a una dama que está escribiendo una canción acerca de cómo ella lo hizo sufrir con sus engaños, pero a la vez admite que la traidora no tiene mucho por qué preocuparse:

But you’ve no need to fear it
‘Cause no one will hear it
Sad songs and waltzes
aren’t selling this year

Pero no necesitás temerle
Porque nadie va a escucharla
Las canciones tristes y los valses
No se están vendiendo este año

La gracia está, por supuesto, en que esta canción es justamente ese triste vals desamorado. Para publicarla aquí elegí el cover de Cake que se puede encontrar cerrando el discazo Fashion Nugget, de 1996:

Y quizás la primera canción que yo recuerdo haber escuchado que no tenía empacho en autoaludirse para lograr un golpe de efecto es la celebérrima You’re so vain, escrita por Carly Simon e incluida en el LP No Secrets (1973). A lo largo de cuatro minutos y pico, Simon se burla de las actitudes soberbias y autosuficientes de un anónimo sujeto que, según parece, es de una petulancia insoportable. Y en el estribillo se da el gusto de armar una pequeña y elegante trampa de la que este señor jamás podrá escapar:

You’re so vain
I bet you think this song is about you
Don’t you?

Sos tan vanidoso
Apuesto a que pensás que esta canción habla de vos
¿No es cierto?

Para no reincidir sobre el original (que es muy bueno, pero está ya trilladísimo por su inclusión en mil bandas de sonidos y recopilación de hits de antaño), elegí ofrecerles una interpretación muy cercana al funk/soul a cargo del grupo de David Axelrod, un músico y productor inglés de larga trayectoria, quien la versionó en su disco Heavy Axe de 1974:

Me olvidaba: si tienen ganas de seguir revolviendo en esto de las canciones autorreferenciales, Wikipedia tiene un listado como para perder un largo, largo rato.

Nota técnica: A partir de este post, la música en Amor Entintado se incluye mediante el Audio Player Wordpress Plugin, chirimbolo que nos hace la vida mucho más fácil y que descubrimos gracias a este post de nuestro amigo Eduardo Abel Gimenez.

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Integrando los derivados

15 de Mayo de 2006

La idea es que primero se edite un remix a cargo de uno de los DJs más reconocidos de Ibiza, transformándose en uno de los éxitos del verano europeo. Unos meses después comenzará a circular en Internet una grabación en vivo de calidad mediocre, pirateada por un atrevido adolescente en uno de nuestros shows en Toronto. Al año siguiente iniciaremos una muy publicitada batalla legal contra un grupo heavy metal finlandés, acusándolos de haber plagiado descaradamente gran parte del tema (doce compases y medio, para ser exactos) en el cuarto corte de su álbum debut, “Cocinando para Belcebú”. Alrededor de esta misma época, en un disco de homenaje a nuestra carrera que reunirá a lo más selecto de la escena folklórica argentina, un veterano artista de ilustre pasado y emblemática barba interpretará su bellísima versión, acompañado únicamente por una guitarra acústica y un trío de quenas del altiplano.

A esta altura será clara para nosotros la inutilidad de dar a conocer la canción original, ya que preferiremos que nuestro público disfrute de la libertad de poder reconstruirla a gusto en base a todas sus reinterpretaciones. Y ya que jamás la editaremos, podemos ahorrarnos hoy el molesto trámite de tener que componerla, lo cual nos deja bastante tiempo libre para otras actividades más placenteras, como confeccionar artesanías en macramé o escuchar algún programa en radio AM.

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