Rojos de vergüenza

En retrospectiva, parece dolorosamente obvio que era una mala idea. Pero los representantes de la compañía, en sus trajes brillosos y peinados perfectos, habían sido muy persuasivos: “¡Firmeza y flexibilidad! ¡Cero mantenimiento! ¡Esto es el futuro!”. Algunos dicen que el intendente aceptó algún tipo de soborno, pero no me consta.

La cosa es que llegaron las lluvias de otoño, los otrora flamantes árboles metálicos se oxidaron de un día para el otro y el barrio enrojeció de vergüenza para siempre.

 

“El maestro indiscutido del microcuento castellano”, celebra el mundillo literario, sin sospechar que el pobre pasa sus madrugadas llorando y moqueando sin consuelo por esa maldita imposibilidad de vulnerar la barrera de las tres líneas.

 

Liliana fumaba mucho y besarla era como besar un cenicero. Su boca era rectangular, hecha de porcelana verde, dura y fría, con cuatro hendiduras, una a cada lado, para sostener cigarrillos encendidos, y frecuentemente estaba repleta de colillas aplastadas y montoncitos de ceniza.

 

Una gota detrás de cada oreja. Un chorrito en el cuello. Cinco mililitros vía oral. Dos bolsas intravenosas. Sesenta y cinco toneladas en caída libre sobre el puente de la nariz.

 

Y un día, sin previo aviso, los zombies aprendieron a manejar.

 

Muy pocos se atrevieron a soñarlo. Nadie tuvo la osadía de esperar que ocurriera. Antiguos manuscritos lo señalaban como signo inequívoco del fin de los tiempos. Matemáticos y clarividentes acordaron que era imposible.

Sin embargo, durante un brevísimo momento en una noche tibia de Agosto, apenas pasadas las tres de la mañana, ninguno de los ochenta y tres canales de TV por cable emitió publicidad.

Y todo siguió igual.

 

Ni siquiera apostando a la brevedad (una simple oración reflexiva acerca de su obra, redactada en tercera persona e interrumpida por una innecesaria aclaración entre paréntesis) pudo generar algo mínimamente interesante.

 

Finalmente vulneraron las barreras de contención en los límites de la ciudad. Ahora se dedican a exterminar a los miembros de la resistencia, generalmente vaporizándolos sin mayor ceremonia o usando los cadáveres como comida para sus caballos salvajes. Algunos pocos, los menos afortunados, son reprogramados: mantienen sus características humanas básicas pero pierden todo interés en rebelarse ante tanto horror. Pasan el resto de sus vidas como sirvientes, dedicados sin descanso a las tareas más pesadas y denigrantes.

Nada de esto me preocupa en lo más mínimo. Tengo varias toneladas de estiércol que limpiar.

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