De su padre heredó los ojos castaños y el gusto por el jazz. De su madre heredó el paso cansino y la forma de estornudar. Del perro heredó la desconfianza y una leve tendencia a la socialdemocracia. De un campesino polaco del siglo XIX heredó las medias y la dispepsia crónica. De estas líneas heredó la torpeza y una vida demasiado efímera.
Temperley resiste. Moreno y Bancalari cayeron hace tiempo. Dicen que el noventa por ciento de Avellaneda está tomado. No sabemos nada de Bernal o Ezpeleta desde mediados de Abril. Los reportes que llegan desde Valentín Alsina son contradictorios. Seguimos recibiendo refugiados de la zona de Munro. Los pocos que quedan en Del Viso pasaron a la clandestinidad. La enorme mayoría ya dejó de existir. Pero a pesar de todo, y vaya uno a saber por qué, Temperley resiste.
Sería como un tubo fluorescente que no termina de encender en el baño recién pintado del lobby de una hostería que está lejos de ser buen negocio pero cuyos dueños se resisten a dar por perdida a pesar de que alguien o algo sigue viniendo todas las noches a aullarles a las luciérnagas y comerse los postigones de madera de la planta alta con una boca de dientes chiquitos y afilados. Algo así, más o menos.
A diez cuadras parece un ovillo de lana verde que rodó accidentalmente desde el sillón y quedó algo desarmado por la caída. A cien metros parece un gallo de riña, de espolones brillantes y cresta escarlata, listo para lanzarse al ataque. A veinte pasos parece el libro de recetas peruanas que le regalaste a tu mamá en el año ochenta y cuatro, abierto en la página correspondiente al ceviche de mero. Desde la puerta parece una maqueta a escala 1:500 de la Biblioteca Municipal de Bruselas. Al llegar comprobamos, con una mezcla de alivio y decepción, que era efectivamente un ovillo de lana verde que rodó accidentalmente desde el sillón y quedó algo desarmado por la caída.
En plena cumbre económica mundial, los intérpretes infiltrados comienzan con el plan: usan la palabra “pelota” cuando corresponde “bono”, traducen “porcentaje” como “bigote”, reemplazan “interés” por “helado de banana”, dicen “dormir” en lugar de “devaluar”. Al día siguiente, las bolsas de todo el mundo se siguen desplomando y todo el mundo es más pobre, pero por lo menos ahora se entiende mejor por qué: el Comando Subterráneo Carlitos Balá ha vuelto a atacar.
Yo estoy convencido de que el peor momento de mi vida fue cuando me enteré de la separación de Los Parchís; vos decís que fue el accidente en el que perdí la pierna derecha, un pedazo de hígado y el setenta por ciento de mi capacidad pulmonar.
No creo que lleguemos a ponernos de acuerdo.
Me rehúso a quitármelo. Tengo planeado atravesar este páramo munido de mi ridículo bombín, esquivando a paso vivo camiones retorcidos y cadáveres humeantes, y supongo que quienes me vigilen a la distancia no tendrán problemas para seguir el zigzag de fieltro verde brillante. Pienso llevarlo tan encasquetado que el hijo de puta que al fin me alcance no tendrá otra opción que atragantarse con mil lentejuelas y una pluma antes de poder saborear la tibieza de mi cerebro.
Espero que mis futuros biógrafos no interpreten esto como un acto de rebeldía ante el horror sino más bien como un signo de la más pura vanidad. Aceptémoslo: el sombrero me queda espectacularmente bien.
De izquierda a derecha: La tía Neneca, que por aquellos tiempos ni siquiera estaba casada con Julio; Lalo, todavía de pantalones cortos, mirá vos; Doña Tita, pobrecita, ya bastante enferma pero siempre de buen humor; tu prima Juli, que ya de jovencita tenía esa altura impresionante; el Emperador Galáctico B’Narx Grolwëng IV, siempre con esas armaduras cromadas llenas de luces y el sable de plasma rojo, todo tan típico de él; tu padre, usando la misma corbata que cuando nos casamos; y yo, con ese peinado ridículo que todavía no me explico cómo se me ocurría salir así a la calle.


