Cínico ante la adversidad, exasperado ante el amor. En el frente de batalla, pólvora y carnicería a mi alrededor, suelo llevar un aire delicado, seductor y risueño. Me comporto en forma cobarde y destructiva al hacer fila en las cajas de los supermercados. La semana pasada fui libidinoso y amenazante durante la reunión de padres del colegio de mi hijo.

Las cosas resultan mucho más interesantes si uno las enfrenta de la manera menos apropiada.

 

En lugar de engrasar las bisagras de la puerta de entrada, encuaderné todos los dibujos tema libre que hice de primer a tercer grado. En lugar de recibirme de gasista matriculado, unté tres tostadas con queso blanco dietético. En lugar de disfrutar plácidamente de una mañana de otoño, intenté refutar sin éxito el teorema de Pitágoras. En lugar de firmar el cheque con birome negra, me dediqué a tararear el tango “Mano a mano”. En lugar de escribir algo que tenga un mínimo sentido, etcétera.

 

Ah, ¿ya lo instalaste? A ver, giralo un poquito más hacia la derecha y levantalo un par de centímetros. Fijate si podés acomodar los cables para que queden paralelos a las líneas de la pared. Estirá bien el pedacito de tela que sobresale por abajo así no se le marcan las arrugas. El dial de la derecha debería apuntar siempre a la marca que dice “A” y el de la izquierda tiene que estar en “OFF” porque todavía es de día. Que no quede apoyado demasiado cerca de la ventana porque la humedad de la lluvia puede hinchar los revestimientos. No te olvides de despegar los protectores de la parte de atrás. Tendríamos que ir comprando algunos rollos de papel manteca para tener de repuesto, por las dudas. Ojo con los gatos, que al modelo anterior le mordisquearon los volados y la palanquita del costado y terminó hecho un desastre. También podrías llamar para reservar un turno de servicio, porque al mes de uso ya hay que llevar a limpiar los filtros y si nos dejamos estar no vamos a conseguir lugar en ningún lado. Y ya que estás apagame el velador que me da un reflejo molesto y no lo veo bien.

Ahora sí, ahí va. Ahí va queriendo.

 

Llama el doctor temprano para decirme que la biopsia salió bien y que el bulto es benigno. Los tomates del almuerzo están excepcionalmente jugosos y rojos. Por la tarde, a la sombra de un sauce de la plaza, María me besa por primera vez. La voz engolada del presentador del sorteo vespertino anuncia que los números que vengo jugando religiosamente son los únicos beneficiados con el millonario pozo acumulado.

Pero cuando estoy por acostarme me golpeo sin querer con la pata de la cama justo a la altura del dedo chiquito del pie y, la verdad, ya no estoy tan seguro de que éste sea el mejor día de mi vida.

 

A veces sueño que respiro debajo del agua durante dos semanas enteras. Puedo pasar horas recordando al detalle el olor del pelo de todas mis novias, las reales y las imaginarias. Siempre hay sol y es de día, salvo que yo decida pasar una noche lluviosa, como para variar un poco. Mi mamá pasa a visitarme mucho más seguido que antes.

La verdad es que “estar en coma” tiene connotaciones demasiado negativas. Si pudiera hablar, yo propondría “hiperrelajación prolongada”.

 

Estamos lejos, demasiado lejos de casa. Acá el aire huele diferente y hay animales extraños: moscardones dorados, patos que graznan en escalas pentatónicas y unas lagartijas minúsculas que tienen la costumbre de detenerse en plena carrera y mirarnos intensamente a los ojos, como si supieran. Como si supieran exactamente.

 

Ayer volvieron las migrañas, tal como temíamos. El doctor Álvarez me advirtió que, en casos extremos, podrían causar alteraciones en mis facultades sensoriales, perceptivas y espaciales. Yo creo que exagera. Son dolores intensos, pulsantes, ligeramente ovalados, tibios cerca de los bordes, teñidos de carmesí y algo crocantes, pero dudo que lleguen a afectarme a tal extremo.

 

Los pocos científicos que quedan se dedican a llenar pizarras con gráficos y ecuaciones que justifican muy racionalmente todo lo que está pasando: el cielo constantemente teñido de dorado y verde, la lluvia con gusto a panqueque, las bananas venenosas.

Pero hasta que no le encuentren una buena explicación a las jaurías de hamsters alados, no pienso salir de mi cama.

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