oct 032006
 

Elaborado íntegramente con uvas cultivadas sobre las laderas septentrionales del río Las Cuevas, protegidas naturalmente de los ocasionales extremos del clima cuyano, este vino representa el pináculo de más de un siglo de desarrollo enológico en las Bodegas Maison Tintée. Cuidadosamente cosechadas en su punto justo de madurez, las uvas son despalilladas por un grupo de monjes tibetanos dentro de pequeñas habitaciones oscuras, pasando luego a un proceso de fermentación y maceración no menor a cinco años, bajo temperaturas constantemente controladas.

En nariz se presenta suavemente especiado, con aromas a canela, tabaco, frutas confitadas y cuero claramente distinguibles en una primera olfación, causados sin duda por su prolongado estacionamiento en barricas de roble de Eslavonia, pinotea y PVC. Es posible percibir, en inspección más profunda, ciertos dejos a vainilla y pimienta, coronados por una personalísima combinación de lavanda, cordero asado y trusa antigua.

Redondo, aterciopelado y casi imperceptible en su acidez, es al momento de beberlo que el Valle de Las Cuevas Malbec realmente muestra su carácter excepcional. Su ataque sedoso y equilibrado es pleno en notas de frambuesa, manteca y tierra húmeda, con taninos suaves y agridulces. El final de boca es prolongado y persistente, combinando puntos de café torrado, plátano verde y una particular salinidad, reminiscente de las lágrimas mezcladas con sangre que se nos agolpaban en la garganta aquella madrugada en que nuestra madre nos abrazó fuerte, muy fuerte, prometiéndonos entre susurros entrecortados que esa sería la última vez que ese cerdo borracho e infame nos golpeaba así, blandiendo el cinturón como un látigo infernal a lo largo de interminables minutos, con los ojos desencajados y esa espantosa espuma en la comisura de los labios.

Ideal para acompañar quesos blandos, carnes de caza y espárragos gratinados.

sep 202006
 

Un rato antes de embarcar para volvernos a Buenos Aires me asaltó (como siempre) esa desesperación de no tener nada para leer durante el vuelo, en caso de que no pudiera dormir. Así fue que entré a uno de los varios puestos de libros y revistas que se multiplican en el aeropuerto y pasé a revisar pacientemente la oferta literaria. Me terminé decidiendo por Never let me go (traducida al castellano como Nunca me abandones), la más reciente novela del japonés-británico Kazuo Ishiguro. Ya había disfrutado antes de su estilo sobrio y delicado (casi se diría untable), así que supuse que no podría estar equivocándome demasiado en mi elección.

Never let me go, por Kazuo Ishiguro - Portada - Click para ver en mayor tamaño

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Como también suele ocurrir, no llegué a leer más de un capítulo en el avión antes de caer desmayado por el sueño, despatarrado en alguna pose invariablemente indigna. El pobre libro entró entonces en modo “lectura fuera de período vacacional”, en el que apenas puedo encontrar el tiempo para avanzar, con suerte, seis o siete páginas por día. Varios de los volúmenes que en el pasado cayeron en este limbo terminaron siendo abandonados, casi siempre injustamente.

Pero eso no está ocurriendo en este caso, y creo que se debe a circunstancias totalmente ajenas a sus méritos artísticos. No es que la historia no me atrape (de hecho, me resulta bastante entretenida, más allá de un trasfondo argumental algo remanido en estos últimos años), pero lo cierto es que hay pequeños detalles de diseño que están actuando como imanes subconscientes.

Por poner un ejemplo, me atrae muchísimo la tipografía que eligieron. Busqué el nombre en la referencia técnica de las primeras páginas, pero no supe encontrarlo. Es bastante genérica, pero hay ciertos rasgos (la patita alargada de la R mayúscula, las serifas en la y minúscula apuntando todas para el mismo lado) que me resultan fascinantes.

Never let me go, por Kazuo Ishiguro - Detalle interno (uno) - Click para ver en mayor tamaño

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Pero lo que más me seduce, por lejos, son los minúsculos garabatos antropomórficos que cada tanto marcan algún salto dentro de la narración. Hay varias docenas a lo largo del libro, todos distintos entre sí. No sé todavía si tienen algo que ver con la trama, pero lo cierto es que cada vez que levanto el libro me propongo como meta tácita llegar hasta el próximo dibujito, para quedarme después estudiándolo por un rato, embobado.

Never let me go, por Kazuo Ishiguro - Detalle interno (dos) - Click para ver en mayor tamaño

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Never let me go, por Kazuo Ishiguro - Detalle interno (cuatro) - Click para ver en mayor tamaño

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Vaya uno a saber cuántas veces, a lo largo de mi vida, terminé dándole mayor relevancia que la merecida a algo debido a cositas así, tan intrascendentes a primera vista pero planeadas seguramente con gran cuidado.

Al final va a resultar que los especialistas en marketing subliminal tuvieron siempre toda la razón.

sep 112006
 

Seguramente existan varios estudios dedicados al Síndrome Salinger (que bien podría rebautizarse, por ejemplo, como Síndrome Harper Lee). A grandes rasgos, esta supuesta patología suele referirse a aquellos escritores que en un punto muy tempranero de sus carreras se encontraron con un grán exito de crítica y ventas, y que luego (quizás temerosos de no poder colmar las expectativas con sus siguientes obras, quizás asqueados de la popularidad y el constante escrutinio) optan por “desaparecer” tanto del mundo literario como de la vida pública. Frecuentemente, este hermetismo autoimpuesto se combina a lo largo de los años con una serie de rumores (habitaciones rebosantes de manuscritos sin publicar, fotografías borrosas saliendo de un supermercado, confesiones de viejos amantes) que no hacen otra cosa que seguir agigantando la leyenda.

Yo humildemente propongo la institución del Síndrome Entintado, antípoda del fenómeno al que se hace referencia en el párrafo anterior. En este caso, el autor directamente decide jamás crear su obra maestra (ni al principio, ni en la mitad, ni al final de su carrera literaria), debido sobre todo a su absoluta incapacidad intelectual para hacerlo. Así pasa sin escalas a generar una larguísima sucesión de bodrios irremediables, los cuales logran la difícil tarea de decepcionar a un público que ya de por sí no esperaba absolutamente nada. Y lejos de ocultarse, avergonzados por sus nulas aptitudes artísticas, aquellos afectados por este trastorno deciden poner su intimidad a disposición de cualquier tipo de escrutinio popular, revelando a grito pelado su color favorito (amarillo cadmio) o detallando los alimentos que les producen acidez estomacal (cualquier cosa al ajillo) ante quien tenga la mala suerte de cruzarse por su camino. Los ejemplares más peligrosos de esta cofradía pueden llegar al espantoso extremo de publicar su propio weblog, desparramando sus despropósitos en el éter sin ningún tipo de control.

Sólo espero que nadie se me haya adelantado a implementar esta novedosísima idea. Odiaría perderme los millones de dólares que esperan ser acumulados en concepto de derechos de autor.

jul 312006
 

Proposición: El presente teorema busca refutar, de manera sucinta y elegante, la noción de que todo teorema debe contar necesariamente con una demostración unívoca, clara y completa, generalmente compuesta por una secuencia finita de fórmulas lógicas bien formadas y basada en una o varias técnicas ampliamente aceptadas en el mundo de la lógica matemática.

Demostración: ¡Listo! Q.E.D.

jul 252006
 

Alberto, bufando, carga dos enormes fardos. Granos, hierbas, instrumental japonés; kilogramos liados malhumoradamente. ¡Nunca ñandúes! Ofuscado, patalea. Quiere renunciar. Sonrió trabajando, una vez: whisky, xilofones y zapatos.

jul 142006
 

La marca de las tres tiras. Una larga y penosa enfermedad. El barbado líder caribeño. La casa de masajes. El deporte blanco. Los inadaptados de siempre. El consabido protoescualo capitalista fosforescente desdentado.

jul 062006
 

Si en este momento me propusieran dedicarme a una tarea que involucre algún tipo de título temporario sobreimpreso en una pantalla de televisión, no lo pensaría dos veces y elegiría ser “enviado especial”. Hay tantas connotaciones positivas en cada una de esas dos palabras que resultan simplemente irresistibles.

En primer lugar, ser enviado involucra por definición algún tipo de viaje, y conocer nuevos horizontes o volver a visitar algún punto remoto es siempre enriquecedor. Adicionalmente, el hecho de que allí ocurra algo que provoque la frase “¡Epa! ¡Tenemos que mandar a alguien de inmediato!” significa que uno será testigo de eventos dignos de la atención del gran público.

Existe también un tema directamente relacionado con el ego: si están decidiendo enviarme a mí en lugar de utilizar los servicios de alguien que ya se encuentre en el lugar de marras, con los obvios ahorros que esto significaría, entonces es claro que mis características personales justifican la inversión. Y es ahí donde entra la palabra “especial” en la ecuación: no soy un enviado cualquiera, no señor. Hay algo en mí que me aparta del resto de los mortales. Podrían haber comisionado a otro, pero la magnitud de la ocasión amerita que sea yo quien se ocupe del tema. ¡Abran paso, mediocres, que acá llega el enviado especial!

Sí, ese sería hoy mi sueño, definitivamente. Pero también debo confesar que mi aspiración secreta, mi deseo más íntimo, es tener una larga, fructífera y respetada carrera, para que así algun día, en alguna pantalla, mi nombre se vea engalanado con la credencial efímera más codiciada: “estrella invitada”.

jun 302006
 

Cambiando un poco de tema, el inodoro del baño de mi oficina comenzó hace unos días a emitir un perfecto mugido cuando se presiona el botón que hace correr el agua.

Si es verdad aquello de que el universo está siempre en perfecto equilibrio, en este instante hay en algún lugar del mundo un granjero muy preocupado ante el extraño sonido que emite su vaca lechera favorita, como si en su bovina garganta se ocultara una cascada en miniatura, escurriéndose rápidamente en un ominoso glug-glug final.