Relatos Sin Razón
Roles múltiples
16 de Marzo de 2006
A pesar de su fama legendaria, el Circo de los Hermanos Farfalla no es un éxito comercial ni mucho menos. La única manera de cubrir los costos es que los artistas cumplan también con alguna otra función mucho más administrativa y ordinaria: hay payasos camioneros, trapecistas encargados de limpiar las jaulas y un mago que todas las noches cocina la cena en una olla enorme, como si estuviera preparando una poción secreta.
Relámpago el Increíble Caballo Matemático, naturalmente, es quien lleva adelante la contabilidad de la empresa. El hecho de que no sepa contar más allá del número diez (marcando clop, clop, clop con el casco delantero derecho) no resulta un problema: la cantidad de público en una función jamás superó esa cifra.
(Anteriormente, en esta misma saga: Juntos y bien revueltos - Escape)
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Proa hacia allá
9 de Marzo de 2006
Una mañana despejada de Junio de 1487, una enclenque carabela bautizada como “La Mozalbeta” zarpaba desde el Puerto de Castro Urdiales, a orillas del Mar Cantábrico, con sesenta y ocho almas a bordo. A su mando se encontraba un joven marino de nombre Fernando Luis Lozano, nacido en algún poblado del Reino de Murcia apenas tres décadas antes.
El objetivo de la expedición de Lozano, como tantos otros aventureros de la época, era el de encontrar una nueva ruta comercial a las Indias para la Corona española. Precediendo en varios años a Cristóbal Colón, quiso también Lozano aprovechar el concepto relativamente reciente de una Tierra esférica. Pero a diferencia del celebérrimo navegante genovés, no fue su idea la de enfilar hacia el Poniente, sino que zarpó con decidido rumbo Norte.
Escribía por aquel entonces Lozano en su diario personal: “Si acaso no es falaz esta redondez del Mundo que Dios parece haber decidido, y si acaso los lujos de Catay, Cipango y Cachemira nos esperan justo en el punto opuesto a la recámara en la cual estas palabras escribo, pues poco importa el cardinal que la brújula indique al momento de hacernos a la mar. ¡Sur, Oeste, Norte, da lo mismo! Todos los trazados circunvalantes se encontrarán en las antípodas, pues es tal la belleza de las esferas. Opto yo por el Norte, entonces, porque el caprichoso lucero así lo indica. Un rumbo firme y la protección de Nuestro Señor no pueden significar otra cosa que un arribo eventual a aquellas tierras rebosantes de seda, oro y azafrán.”
Pero lo que Lozano tenía de farragoso y florido a la hora de redactar bitácoras se contraponía con una absoluta falta de las nociones más básicas de climatología, cartografía y navegación marina. Como era de esperarse, su embarcación terminó por zozobrar en las costas de lo que hoy es Noruega, debido a la fatal combinación de una tormenta de nieve y el motín de lo poco que quedaba de su tripulación. Aún más notable es el hecho de que “La Mozalbeta” tardó casi siete meses en completar tan corto trayecto, lo que demuestra a las claras la terrible impericia de Lozano detrás del timón.
Signada por la incompetencia, la obstinación y, por qué no, la estupidez, la de Lozano es una historia tan irrelevante que no merece siquiera ser contada. Pero de injusticias está llena el mundo, y la existencia de la serie de relatos que hoy iniciamos es tan sólo una de ellas.
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¡Salud!
15 de Febrero de 2006
El pabellón noroeste del Hospicio Santa Elvira alberga casi exclusivamente a pacientes afectados con Síndrome de Retraso Temporal Específico. Se trata de gente cuya salud es prácticamente normal, excepto por un detalle: alguna de sus funciones corporales se encuentra notablemente ralentizada con respecto al resto. Allí podemos encontrar, por ejemplo, a un sepulturero de Leipzig a quien cada parpadeo le toma cerca de catorce minutos y a una infortunada taquígrafa sudafricana cuyos bostezos jamás se completan en menos de ocho horas.
El caso más impresionante es, sin duda, el de Juan Javier Magariños de la Cuesta, un carpintero oriundo de Vigo que sintió una molesta picazón en la nariz allá por Marzo de 1965, cuando era apenas un adolescente, y todavía hoy se encuentra en pleno proceso de completar ese estornudo que comenzó hace más de cuarenta años. Pasa el tiempo sentado en su cama, con los ojos bien cerrados, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta de par en par, repitiendo un “ah, ah” que se hace cada día más urgente. Los doctores que se ocupan de su caso coinciden en que el paso de Juan Javier a la etapa final de su delicada situación es inminente, y por lo tanto han ordenado la compra de varias toneladas de pañuelos de papel tissue y una importante dotación de paraguas para las enfermeras que tengan la mala fortuna de tener que atenderlo en años venideros.
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Fabulando
8 de Febrero de 2006
Érase una vez un matrimonio de campesinos que vivía en una cómoda cabaña en las afueras de un bosque. Allí cultivaban frambuesas rojas como rubíes y melocotones tan suaves que, si uno cerraba los ojos al tocarlos, ni siquiera se enteraba de que lo estaba haciendo. Con estas frutas se dedicaban a confeccionar mermeladas y confituras que luego vendían por las mañanas en la feria de un pueblo cercano, y así pasaban plácidamente sus días.
La doncella de la casa se llamaba Isolina, y era hermosa como el instante en que vuelve a asomar el sol luego de un chaparrón de verano. Sus manos olían siempre a azúcar y podía derretir la nieve con una simple sonrisa. Tanta armonía había en sus facciones, tan grácil era su andar, que cualquier príncipe hubiera sido capaz de librar mil batallas por el amor de semejante muchacha. Sin embargo allí estaba ella, abrumadoramente sencilla, feliz entre sus árboles en flor y cuencos rebosantes de almíbar.
Su marido Leopoldo, muy por el contrario, era lo más cercano a un esperpento que jamás se hubiera visto en el reino y sus alrededores. No había parte de su cuerpo que no estuviera cubierta por algún tipo de verruga, mancha o escoriación supurante. Había perdido el ojo izquierdo en una reyerta de juventud y, quizás para compensar, un ataque crónico de reuma lo obligaba a renquear de la pierna derecha. Además, no era demasiado adepto a tomar baños, y hedía tanto que las mariposas que osaban acercársele a menos de diez yardas caían fulminadas en forma instantánea. Cuando bebía alcohol, lo cual ocurría con gran frecuencia, solía tornarse violento y propinarle largas zurras a Isolina sin razón alguna. Era tan terrible y bien ganada su fama de espanto que las madres de la comarca solían amenazar a sus pequeños con “llamar a Leopoldo el Dulcero” si se negaban a marcharse a la cama por las noches.
Un buen día, Leopoldo se sentó a la mesa del almuerzo con aire preocupado. Una sombra de mortificación cruzaba su espantoso semblante y su lengua verdosa jugueteaba nerviosamente alrededor de los pocos dientes que le quedaban.
—¡Leopoldo, luces tan preocupado! ¿Ocurre algo malo? —preguntó tiernamente Isolina, mientras terminaba de preparar un delicioso potaje de ganso, habas y romero.
—Tengo la terrible sospecha de que nuestro creador me odia, Isolina.
—¿Nuestro creador? Pero… ¿de qué estás hablando, marido mío? —respondió ella en esa voz aterciopelada capaz de hacer callar, avergonzados, a los pájaros más armoniosos de todo el bosque—. Por favor, dime que no has estado bebiendo aguardiente de calabaza con tus amigos otra vez.
—Me refiero al encargado de detallar nuestras vidas hasta este preciso momento, aquél quien se arrogó la infausta tarea de dictar nuestro destino. ¿Es que acaso no te das cuenta, mujer? ¡Ese bastardo no pudo haber imaginado nada peor que este engendro deleznable que veo cada mañana en el espejo! Mi horripilante apariencia exterior es sólo comparable con la inmundicia que desborda de mi negro y frío corazón.
Leopoldo sacudió su cabeza amargamente por unos segundos antes de continuar.
—Y lo que resulta aún peor de todo este asunto es tu increíble belleza. Eres tan perfecta que no me cabe duda alguna de que está absolutamente enamorado de tí.
—Ay, pero qué cosas dices, cariño. ¿Realmente crees que somos sólo el resultado de la febril imaginación de un pobre loco? Mejor olvídate de tus infundados recelos y prueba este guiso, que seguramente te calentará el estómago y mejorará tu humor.
Tomando su cuchara con aire distraído, Leopoldo tomó un bocado del humeante preparado que Isolina colocó frente a él, sin dejar de hablar y quejarse mientras masticaba.
—No son sólo desvaríos míos, te lo aseguro. Es bien sabido que cuando alguien en un relato es tan repugnante como yo, tarde o temprano terminará por ser eliminado, pues es lo que los lectores quieren. Ésa es justamente la definición clásica de un villano, ¿o no? Tendré que andar con mucho cuidado de ahora en más—. Levantando un dedo intimidante, agregó: —¡Y si me llego a enterar de que tú estás en complicidad con este cuentista de cuarta, te espera tal paliza que…!
Leopoldo nunca pudo terminar de proferir su amenaza, pues comenzó a sufrir violentas convulsiones y su único ojo sano se puso en blanco. Se tomó el cuello con una mano intentando en vano volver a respirar, mientras estiraba su otro brazo buscando inútilmente la ayuda de Isolina, quien observaba la escena con inmóvil placidez. Eventualmente, luego de una serie de accesos de tos sanguinolienta, Leopoldo se desplomó pesadamente sobre la mesa y exhaló su último suspiro con el rostro hundido en su fatal plato de comida.
Con toda la calma del mundo, Isolina salió de la cabaña, tomó una pala del depósito de herramientas aledaño a la huerta y se dispuso a cavar una sepultura para su malogrado esposo, junto al arbusto de frambuesas más fértil de la plantación. Tarareando una melodía imposiblemente dulce, trabajó sin prisa: tenía por delante un futuro de dicha eterna y la sensación de libertad resultaba embriagadora.
A su alrededor, el cielo de la tarde era más azul que nunca.
Moraleja:
Si de fábula tú eres personaje
y son muchas las penurias que te abruman,
pues seguro que tu escriba te aborrece.
Fuego, balas o veneno de un brebaje,
(te lo digo yo, que soy el de la pluma):
mil maneras hay, es fijo que pereces.
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Escape
24 de Enero de 2006
En el Circo de los Hermanos Farfalla suele darse una situación inversa a la habitual: dos o tres veces al año, el circo entero decide escapar de su destino trashumante y fugarse con algún niño del lugar. Y es entonces que los dueños (Aldo, Benedetto y Celestino) se ven obligados a recorrer en plena madrugada las calles del pueblo de turno, en pantuflas y camiseta y maldiciendo por lo bajo en genovés, hasta dar con el paradero del prófugo.
De todas maneras, no es ésa una tarea demasiado complicada. Imaginen las dificultades del pobre circo para intentar ocultar sus carpas, parantes, animales, pistas y graderías en el bolsillo trasero de los pantalones raídos de una criatura que no tuvo mayor responsabilidad que haber sido el más risueño durante la función de matiné.
(Anteriormente, en esta misma saga: Juntos y bien revueltos)
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Juntos y bien revueltos
10 de Enero de 2006
Cuando se fundó el Circo de los Hermanos Farfalla, hace ya más de cien años, las costumbres de la época no admitían que los miembros de los distintos gremios circenses confraternizaran demasiado entre sí. Recordemos, por ejemplo, el caso de aquella trapecista que fue arrojada al vacío sin red, luego de haber sido sorprendida in fraganti besando a un mago detrás de la boletería en una mañana fresca de otoño.
Pero el tiempo pasó y los viejos prejuicios fueron desapareciendo. Las relaciones interdisciplinarias en el circo son cada vez más comunes, resultando en nuevas generaciones de artistas híbridos que combinan las habilidades de sus padres en las más variopintas formas. Así es que hoy tenemos domadores que se enfrentan a las fieras dando volteretas y luciendo ridículos zapatones amarillos, equilibristas que extraen conejos de sus galeras en plena cuerda floja y, más curiosamente, orangutanes que resultan eximios malabaristas sin necesidad de ningún tipo de entrenamiento.
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Humor salvaje
6 de Diciembre de 2005
El jaguar barritaba. La serpiente mugía. Los monos piaban. El hipopótamo ronroneaba. Las cigüeñas balaban. Y la broma hubiera sido perfecta de no ser por esa nutria que se tomó su leonino rol demasiado a pecho y, además de rugir como una enajenada, se devoró entero a un desprevenido visitante del zoológico.
Ni la bolsita de pochoclo se salvó.
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Listas
25 de Noviembre de 2005
Luisa es experta en listas. Ella lo sabe y secretamente se enorgullece, aunque jamás lo mencionaría en una charla con un hombre al que recién conoce en una fiesta. De todas maneras, Luisa no va a fiestas ni habla con hombres desconocidos. Jamás escribió las palabras “comprar un vestido para esta noche” en una de sus listas, y probablemente nunca lo haga.
Para confeccionarlas, compra siempre libretas espiraladas de páginas gruesas con renglones azules casi imperceptibles. Al principio no se preocupaba demasiado por la estética, usando papelitos sueltos y cualquier birome que encontrara por ahí, pero con el tiempo se transformó en una verdadera artesana. Se sienta cada mañana, blandiendo un rotulador de tinta perfectamente negra en una mano y una taza de té en la otra, y enumera las actividades planeadas para la fecha en esa letra cursiva algo inclinada que siempre causó admiración entre sus tías viejas. Si se llega a equivocar, no borra ni corrige ni tacha: arranca la hoja sin inmutarse y empieza de nuevo. Sus listas merecen ser perfectas.
Durante el resto del día, la libreta pasa a reposar sobre la mesita del teléfono, junto a un lápiz rojo de trazo grueso. Apenas concluye alguna de las tareas listadas, Luisa va (a veces trotando por la impaciencia, siempre sonriendo satisfecha) y cruza el ítem correspondiente con una línea sin temblores.
Paulatinamente, Luisa se fue dando cuenta de que disfruta más tachar un renglón de la lista que el acto de realizar la actividad en sí, y por eso sus listas van poniéndose más exhaustivamente detalladas. Por ejemplo, ya no se ocupa más de “lavar la ropa”; ahora se trata de “separar por colores”, “cargar la máquina”, “agregar suavizante”, y así. Cuanto más larga es la lista, esa pequeña sensación triunfal de trazar una nueva línea roja se repite con mayor frecuencia.
Algunas noches, Luisa sueña que sobre la mesita del teléfono se encuentra con una lista mágica e interminable, en la que cada ítem reza simplemente “tachar este renglón”. Cuando eso pasa, Luisa suspira dormida y mueve las manos como si tuviera en sus manos el lápiz más rojo que jamás haya existido. A veces, incluso, se ríe a carcajadas, sin abrir los ojos ni dejar de soñar, rebosante de una alegría que nunca vive mientras está despierta.
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