Ilustración Todo en orden

El semáforo pasó de amarillo a verde. El taxista puso primera y en apenas unos segundos llegaron a la puerta de la casona. Un cartel anunciaba en letras desvencijadas que se trataba del “Hogar Para la Tercera Edad «Mi Cuarto Azul»”. El lúgubre silencio del lugar, rodeado de quintas abandonadas, se rompía ocasionalmente por el grito anacrónico de un diariero lejano anunciando la sexta edición.

El viejo sentado en el asiento trasero tragó saliva, intentado calmar esa sensación apretada en la garganta. La angustia de llegar a un lugar desconocido le recordó sus inicios en el Séptimo Regimiento de Granaderos, en los tiempos en que su voz era todavía una octava más aguda y en donde su misión principal consistió por varios meses en liderar al grupo en el rezo de la novena en la capilla. Suspiró para despejarse y salió con dificultad del auto, resignado a malgastar plácidamente esa décima parte de vida que quizás le quedaba.

 

Las puertas y ventanas estaban cerradas por dentro. Todas las huellas encontradas pertenecían a la víctima. Las ochenta y siete puñaladas descartaban un suicidio. No había rastro del arma homicida. La lista de sospechosos era inexistente.

—González, este caso es un verdadero intríngulis —musitó el inspector Salazar, e inmediatamente estalló de placer por haber logrado usar esa palabra por primera vez en su vida. La habitación quedó cubierta de una tibia papilla rosada. El caso seguía complicándose.

 

Como para demostrar que nuestra promesa de no parar hasta terminar de arruinar la web va muy en serio y no se queda en huecas grandilocuencias, tenemos hoy el agrado de presentar a consideración del respetable público presente dos flamantes incorporaciones al Conglomerado Universal Entintado™ (nótese la expansión de nuestro menú de cabecera para acomodar tanta macana). A saber:

  • La primera novedad viene por el lado musical, como tantas cosas en nuestras vidas. Hace un tiempo nos enteramos de la existencia de un interesante servicio gratuito llamado Muxtape, el cual permite armar recopilaciones online de canciones de manera muy simple, al estilo de aquellos arduos trabajos artesanales que quienes tenemos ya varias décadas bajo la peluca solíamos realizar munidos de tocadiscos, minicomponentes doble cassettera y cajas enteras de cintas TDK vírgenes. Es así que pergeñamos el simpático Mezcladito Entintado, una catarata de placer sónico cuidadosamente armada según se nos cruzó por la cabeza en el momento. Que quede claro que este nuevo satélite no viene a reemplazar a nuestra tradicional sección Corcheas y fusas sino más bien a complementarla, y la idea es ir actualizando el compilado una vez por mes, si es que las circunstancias coyunturales lo permiten (aquellos obsesivos impacientes que quieran enterarse apenas se produzca algún cambio pueden elegir suscribirse a este cómodo feed RSS). La colección debut viene inspirada en la vida misma: arranca a puro optimismo desenfrenado, va diluyéndose en una tranquilidad contemplativa y desemboca en una angustia dulzona. Déjense llevar que la van a pasar bien.
  • El segundo chiringuito que inauguramos transita por carriles más ficticios. Resulta que existe una popular aplicación web llamada Twitter, que viene a ser algo así como un servicio en el que cualquiera puede ir anunciando al mundo sus andanzas cotidianas en base a pequeños mensajes con una extensión máxima 140 caracteres (en Wikipedia hay una explicación un poco más extendida, pero el concepto básico es ese). Como lo cierto es que nuestra vida es terriblemente monótona y no tiene demasiado sentido andar gritando a los cuatro vientos que salimos a comprar un cuarto kilo de pan o que nos estamos cortando las uñas de los pies, se nos ocurrió donarle nuestro espacio a un misterioso sujeto que, aparentemente, escribe desde prisión. No sabemos bien dónde está ni por qué está ahí, no sabemos si nos habla desde el pasado o desde el futuro, no sabemos quién lo encerró o si alguna vez saldrá. Pero la cosa es que este muchacho utiliza estas pequeñas cápsulas autocontenidas como una especie de diario desesperanzado que se actualiza varias veces al día y puede leerse en cualquier orden sin perderse uno demasiado. Desde acá brindamos porque pronto empiece a cambiar su suerte. Aquellas almas torturadas que se interesen en esta lúgubre historia pueden seguirla en http://twitter.com/entintado o a través de su correspondiente feed RSS. Ojo que la cosa puede ponerse atrapante.

Y así sigue su curso Amor Entintado, el blog que prueba de manera terminante aquello de abarcar mucho y apretar poco.

 

A principios de la década del setenta, un alto directivo del Hospicio Santa Elvira (a quien el tiempo y un oportuno incendio de los archivos se ocuparon de borrar de la historia) tuvo la funesta idea de agregar un pabellón destinado exclusivamente a la implementación de un revolucionario tratamiento psiquiátrico. Eran tiempos en que el concepto conocido como “psicología inversa” alcanzaba una notable popularidad y este buen señor estimó que ese mismo principio podía aplicarse a un menjunje interdisciplinario de arquitectura y salud mental. Así fue que, con ayuda de una comisión de diseñadores algo pasados de ácido lisérgico y un catálogo de los trabajos de Escher, se abocó a la construcción de un monstruoso edificio atiborrado de espejos deformantes, escaleras que subían cuando parecían bajar, luces estroboscópicas multicolores, larguísimos pasillos que no llevaban a ninguna parte, habitaciones a las que se podía entrar pero de las cuales era imposible salir, y un sinnúmero de trucos alucinatorios de calaña semejante. La teoría, claro está, sostenía que el enfrentamiento entre una psiquis desequilibrada y un medio ambiente igualmente retorcido resultaría en una reversión milagrosa de los síntomas, y los pacientes podrían entonces ser dados de alta con una celeridad inaudita.

Lo cierto es que la efectividad del tratamiento jamás pudo comprobarse. A medida que se iban dando los últimos toques a la flamante edificación, muchos empleados abocados a la construcción comenzaron a perder la razón por tener que trabajar en semejante ambiente de pesadilla. De hecho, ya en el tramo final de la obra, un nutrido grupo de decoradores, pintores, albañiles y yeseros entró una mañana al pabellón para nunca más salir. Se organizaron algunos grupos de rescate, pero todos terminaron en desastre: los pocos afortunados que lograron retornar de las fauces del monstruoso edificio sufrieron secuelas emocionales irreversibles, y el resto se agregó a la lista de desaparecidos. Luego de perder más de un centenar de almas, se terminó por abandonar, con buen tino, la idea de utilizar el lugar.

El pabellón seis está hoy completamente clausurado, sus portones y ventanales tapiados con gruesos planchones de madera oscura. Nadie entró o salió del edificio en años. Pero cuentan los psiquiatras más veteranos del hospicio que si uno acerca el oído en las tardes tranquilas, las rendijas suelen dejar escapar una espantosa mezcla de carcajadas demenciales y alaridos de horror (se hace difícil distinguir cuál es cuál).

(Entregas anteriores en esta saga: ¡Salud!, Guardias)

 

Llama el doctor temprano para decirme que la biopsia salió bien y que el bulto es benigno. Los tomates del almuerzo están excepcionalmente jugosos y rojos. Por la tarde, a la sombra de un sauce de la plaza, María me besa por primera vez. La voz engolada del presentador del sorteo vespertino anuncia que los números que vengo jugando religiosamente son los únicos beneficiados con el millonario pozo acumulado.

Pero cuando estoy por acostarme me golpeo sin querer con la pata de la cama justo a la altura del dedo chiquito del pie y, la verdad, ya no estoy tan seguro de que éste sea el mejor día de mi vida.

 

Decidió dedicar el resto de su vida a aprender todos los lenguajes, dialectos y jerigonzas existentes en el mundo. El dibujo sinuoso de las manchas de humedad en el cielo raso, los trazos entrecortados de las rajaduras en su vereda, la peculiar distribución de las pecas sobre el hombro derecho de Alejandra: a su alrededor, los mensajes eran obvios y muchos. El problema, justamente, era que él no los entendía.

 

Que la vida del trabajador circense no es un oasis de opulencia es un hecho ampliamente demostrado. Pero algunos miembros del Circo de los Hermanos Farfalla no sólo se multiplican laboralmente en el ámbito de las carpas, sino que también hacen uso de sus respectivas habilidades en pequeñas tareas rentadas allá afuera, en el mundo real.

Luciendo sus largos zancos, los equilibristas limpian la parte superior de los toldos en el almacén del pueblo que les toca en suerte cada semana. Los payasos dan rienda suelta a su angustia acumulada, derramando gordos lagrimones mientras posan para óleos espantosamente cursis. Si alguien dejó caer una moneda en algún rincón inaccesible, no tiene más que acudir a Josefina, la bella contorsionista (a quien las malas lenguas acusan de entreverarse en actividades bastante menos inocentes, aprovechando su extraordinaria flexibilidad corporal y las fantasías desbordadas de la población masculina de la zona).

Pero el negocio externo más exitoso es quizás también el más macabro: esos simpáticos enanos que durante la función de matiné hacen las delicias de los niños, por las noches conforman un temible grupo de asesinos a sueldo capaces (por el precio correcto) de escabullirse en casas ajenas a través de claraboyas, rendijas o desagües y estrangular sin remordimientos a la víctima de turno con sus minúsculas manitos enguantadas.

Dicen que, de todos ellos, el más mortífero y salvaje es un tal Firuletín.

(Anteriormente, en esta misma saga: Juntos y bien revueltosEscapeRoles múltiples)

 

A la hora de repasar los variopintos miembros de la malograda tripulación de “La Mozalbeta”, uno de los nombres quizás más injustamente olvidados es el de Vicente Magariños, un frágil anciano oriundo de Galicia que ocupó el cargo de médico oficial de la nave. Serán estos breves párrafos un intento de rescatar a este notable personaje del rincón más oscuro de la historia.

Durante los más de doscientos días que duró aquel patético intento de travesía comandado por el capitán Lozano, apenas hubo descanso para el doctor Magariños. Recordemos que la amplia mayoría de los tripulantes de la nave eran poco más que pandilleros barriales, estafadores y reos de la peor calaña, y es bien sabido que las vidas licenciosas que caracterizan a este tipo de individuos no son conducentes a un óptimo estado de salud. El ya magro panorama se complicaba aun más por las cuestionables condiciones sanitarias de “La Mozalbeta”: entre el apuro por reconstruir la nave (al que ya nos referimos oportunamente) y su escasa idea de todo lo relacionado a la ingeniería naval, Lozano jamás pensó en cubrir algunas de las necesidades más básicas, por lo que los sesenta y ocho tripulantes se vieron obligados a compartir un mismo excusado de sólo un par de metros cuadrados, que hacía las veces de ducha, lavatorio y retrete. Si a estas condiciones sumamos la escasa cantidad y variedad nutricional de los alimentos que se embarcaron al zarpar, no resulta sorprendente que males como el escorbuto, el beriberi, la difteria y el cólera hicieran estragos entre estos infortunados marinos.

Nuestro solitario facultativo, sin embargo, jamás pareció amedrentarse ante la terrible situación. Encerrado en su pequeño camarote, el cual utilizaba también como consultorio, Magariños hacía pasar de a uno a los hombres que se abarrotaban a su puerta, muchos de los cuales lloraban de dolor por las llagas que se multiplicaban en sus bocas, deliraban consumidos por la fiebre, o simplemente se desmayaban por culpa de la deshidratación y los calambres intestinales. Hablando en tonos dulces y monocordes, el doctor los hacía recostar en un pequeño camastro y procedía a auscultarlos con cierta parsimonia. Magariños luego consultaba durante largos minutos un enorme libraco de tapas de cuero con la palabra “Vademécum” inscripta en letras doradas, al cual jamás permitía que se le acercara nadie que no fuera él mismo. Por último, metía sus manos en un misterioso baúl negro, mezclaba vaya uno a saber qué brebajes, y emergía tras unos minutos blandiendo una vetusta cuchara que invariablemente rebosaba de un líquido pegajoso y dulzón. Y a pesar de que sus recetas caseras para las distintas enfermedades parecían ser (al menos a simple vista y gusto) notablemente semejantes entre sí, lo cierto es que todos aquellos que entraban a su consultorio casi al borde de la muerte, resurgían minutos después desbordantes de una eufórica energía, listos para volver a enfrentar la dura vida en alta mar.

El capitán Lozano, con buen tino, consideraba al doctor como una pieza fundamental para mantener la relativa integridad de su tripulación, y se preocupó siempre por su seguridad durante los numerosos motines que se sucedieron a lo largo de su periplo. Sin embargo, durante una feroz revuelta que tuvo lugar pocos días antes de la zozobra final de “La Mozalbeta”, Magariños fue atacado por un grumete absolutamente enloquecido por el hambre y el intenso frío, quien lo arrojó por la borda acusándolo a grito pelado de practicar magia negra y de ser el responsable de que Dios los estuviera castigando.

Tras su muerte, llegado el momento de vaciar el camarote del malogrado doctor y lidiar con sus efectos personales, es que nos encontramos con las aristas más notables de esta historia. Cuando los curiosos marinos al fin tuvieron la oportunidad de asomarse a las páginas de su afamado vademécum, constataron con asombro que los únicos contenidos que guardaban dichas páginas eran litografías en tinta china de señoritas muy ligeras de ropa, enfrascadas en actividades bastante alejadas de la ciencia farmacéutica. Y su baúl de médico, al que suponían atiborrado de decenas de distintos componentes medicinales, tan sólo contenía tres sustancias (hecho que claramente develaba la misteriosa similitud entre todas sus recetas): un botellón de melaza de cedro, un frasquito con agua de alcanfor y catorce kilogramos de polvo de opio de gran pureza.

Si bien varios historiadores luego comprobaron que Vicente Magariños jamás había obtenido ningún tipo de entrenamiento en las artes medicinales y que se trataba en realidad de un simple charlatán de feria, quien esto escribe se niega a minimizar su indiscutible aporte en esta fascinante aventura.

Es hora de levantar nuestras copas en su memoria, buen doctor. ¡Salud!

(Anteriormente, en esta misma saga: Proa hacia allá, Madera verde)

© Entintado bajo Creative Commons License. Suffusion theme by Sayontan Sinha