El jaguar barritaba. La serpiente mugía. Los monos piaban. El hipopótamo ronroneaba. Las cigüeñas balaban. Y la broma hubiera sido perfecta de no ser por esa nutria que se tomó su leonino rol demasiado a pecho y, además de rugir como una enajenada, se devoró entero a un desprevenido visitante del zoológico.

Ni la bolsita de pochoclo se salvó.

 

Luisa es experta en listas. Ella lo sabe y secretamente se enorgullece, aunque jamás lo mencionaría en una charla con un hombre al que recién conoce en una fiesta. De todas maneras, Luisa no va a fiestas ni habla con hombres desconocidos. Jamás escribió las palabras “comprar un vestido para esta noche” en una de sus listas, y probablemente nunca lo haga.

Para confeccionarlas, compra siempre libretas espiraladas de páginas gruesas con renglones azules casi imperceptibles. Al principio no se preocupaba demasiado por la estética, usando papelitos sueltos y cualquier birome que encontrara por ahí, pero con el tiempo se transformó en una verdadera artesana. Se sienta cada mañana, blandiendo un rotulador de tinta perfectamente negra en una mano y una taza de té en la otra, y enumera las actividades planeadas para la fecha en esa letra cursiva algo inclinada que siempre causó admiración entre sus tías viejas. Si se llega a equivocar, no borra ni corrige ni tacha: arranca la hoja sin inmutarse y empieza de nuevo. Sus listas merecen ser perfectas.

Durante el resto del día, la libreta pasa a reposar sobre la mesita del teléfono, junto a un lápiz rojo de trazo grueso. Apenas concluye alguna de las tareas listadas, Luisa va (a veces trotando por la impaciencia, siempre sonriendo satisfecha) y cruza el ítem correspondiente con una línea sin temblores.

Paulatinamente, Luisa se fue dando cuenta de que disfruta más tachar un renglón de la lista que el acto de realizar la actividad en sí, y por eso sus listas van poniéndose más exhaustivamente detalladas. Por ejemplo, ya no se ocupa más de “lavar la ropa”; ahora se trata de “separar por colores”, “cargar la máquina”, “agregar suavizante”, y así. Cuanto más larga es la lista, esa pequeña sensación triunfal de trazar una nueva línea roja se repite con mayor frecuencia.

Algunas noches, Luisa sueña que sobre la mesita del teléfono se encuentra con una lista mágica e interminable, en la que cada ítem reza simplemente “tachar este renglón”. Cuando eso pasa, Luisa suspira dormida y mueve las manos como si tuviera en sus manos el lápiz más rojo que jamás haya existido. A veces, incluso, se ríe a carcajadas, sin abrir los ojos ni dejar de soñar, rebosante de una alegría que nunca vive mientras está despierta.

 

Empezaste a mirarme de manera extraña cuando comencé con los preparativos. Traté de explicarte mis motivos, pero esa mueca burlona que ni siquiera intentabas ocultar me hizo entender que mis palabras eran inútiles. Cuando te reías ahogadamente durante las conversaciones telefónicas con tu madre, sospecho que se burlaban de las decenas de cuadernos que llené con anotaciones en un lenguaje nuevo y hermoso que jamás entenderás. No creas que fui ajeno a los cuchicheos socarrones entre vos y tus amigas desde que me rapé la cabeza y dejé de comer alimentos que empezaran con la letra a o j, tal como especificaban las instrucciones que recibía todas las noches en el sótano a través de la radio de onda corta. Sé que fuiste vos la que llamó de urgencia al equipo de psiquiatras luego de descubrir los frascos en los que guardaba mis pestañas, prolijamente conservadas en almíbar.

Y hoy las nubes están teñidas de verde, los mares lentamente empiezan a hervir y el ensordecedor zumbido de esta multitud de gigantescas naves plateadas en el cielo te paraliza de horror. Al fin te das cuenta de que siempre tuve razón, pero ya es muy tarde.

Tal como prometieron, mis nuevos amigos me están esperando para llevarme con ellos. Y elegí como mi único compañero en este viaje de salvación a Filomeno, nuestro canario, que siempre creyó en mí.

Te aseguro que no me arrepiento en lo más mínimo.

 

El tiempo muerto entre misión y misión puede ser un día, un mes o un año. El agente secreto ocupa estos períodos de espera escribiendo novelas que describen al detalle sus correrías por el mundo: un secuestro y un golpe de estado por aquí, un sabotaje y un asesinato por allá. No se preocupa demasiado por distorsionar nombres, momentos o lugares, y sus superiores tampoco se lo reprochan. Nada mejor para esconder la realidad que transformarla en ficción.

Sentado cómodamente frente a su máquina de escribir, el agente secreto aguarda pacientemente a que suene el teléfono y una voz sin rostro comience a gestar su nuevo best-seller.

 

Caperucita roja, vestida para la ocasión con grandes botas, una camisa a cuadros y barba de dos días, usó su hacha para abrir un tremendo tajo en el estómago de la abuelita disfrazada de lobo disfrazado de abuelita, de donde habría de emerger segundos después el verdadero leñador, graciosamente ataviado con peluca gris de rodete y florido camisón, ante la atónita mirada del lobo feroz, irreconocible bajo su amplia capa carmesí con capucha al tono.

Pinocho, camuflado a un costado como armario de larguísimo picaporte, apenas podía aguantar la risa. Las cosas en Bosque Encantado siempre se ponían más divertidas durante el carnaval.

 

El execrable Sr. Smith sale del jacuzzi y envuelve sus asquerosamente rotundas carnes en una finísima salida de baño, que seguramente vale más que veinte sueldos de ese criado que en este momento, disimulando su odio, le acerca un Bloody Mary. El repugnante Sr. Smith camina hacia el borde de la terraza con el trago en su rolliza mano derecha y echa un vistazo a sus fastuosos e impecables jardines, fruto sin duda de años de negocios turbios y vil explotación de humildes trabajadores. Con la mirada perdida en el horizonte, el infame Sr. Smith pasa varios minutos sumido en sus pensamientos, probablemente dedicados a planear su próxima canallada.

El deleznable Sr. Smith toma ahora su teléfono celular último modelo, llama a su abogado y con voz firme le ordena donar inmediatamente toda su fortuna al orfanato del pueblo vecino.

Caramba.

El presente relato se cancela por falta de un villano decente. Sabrán ustedes disculpar.

 

Al principio, la telenovela se centra sobre el amor imposible de Ana Laura y César, jóvenes miembros de familias rivales de un pueblo en la sierra colombiana. Hay algunos personajes secundarios (padres, hermanos, una sirvienta pizpireta y el misterioso cura párroco), pero la trama no es demasiado enrevesada y se puede seguir cómodamente mientras se plancha una camisa.

Pasados un par de meses, sin embargo, el argumento se torna cada vez más complejo. Ana Laura es obligada por su padre a casarse con un rico terrateniente chileno y se muda al desierto de Atacama. Por su lado, César se alista en la Legión Extranjera y parte de la trama sigue sus peripecias al combatir traficantes de órganos en la jungla de Borneo. Aparecen unos primos lejanos de la criada (quien, sin saberlo, es heredera directa de un ducado en Europa oriental) y se emiten bloques enteros hablados en ucraniano. Hay repulsivos villanos que gradualmente se transforman en dulces amantes, cuñados que en realidad son hijastros (y viceversa), gente que nace, gente que muere, gente que resucita. Se publican voluminosas guías repletas de árboles genealógicos, croquis desplegables y listados alfabéticos de actores, con gran éxito editorial. Varios canales comienzan a dedicar las veinticuatro horas de programación a diferentes líneas argumentales que se entrecruzan constantemente.

Para cuando se cumple el primer aniversario de la telenovela, el reparto ya sobrepasa holgadamente los seis mil millones de nombres. Casi no se habla de otra cosa, y si alguien lo hace es porque está escrito en un libreto: todos y cada uno de los habitantes del mundo cumplen (a sabiendas o no) un papel minuciosamente guionado. Los propios camarógrafos, sonidistas, escritores y productores son a su vez protagonistas de la historia dentro de la historia.

El personaje menos interesante de la multitudinaria superproducción es, por lejos, el de ese muchacho que intenta resumir torpemente la historia en cuatro escuálidos párrafos.

 

Vistos desde arriba, los muros exteriores del castillo forman un cuadrado casi perfecto. Un jinete a todo galope tardaría más de treinta minutos en recorrer de punta a punta tan sólo uno de sus lados, por lo que dar una simple mano de pintura estas paredes resulta una tarea ciclópea. En aras de una mayor efectividad, los pintores se dividen en dos grupos que comienzan a trabajar en esquinas opuestas del perímetro y avanzan en el sentido de las agujas del reloj.

Quinientos días con sus noches tarda cada cuadrilla en dar media vuelta a la fortificación y completar su parte del trabajo. Allí, el grupo que comenzó en la esquina suroeste descubre que sus contrapartes noresteños utilizaron un tono carmín furioso, mientras que ellos jamás se apartaron del azul violáceo. Al otro lado de la gigantesca construcción se da una situación similar, pero lógicamente inversa.

No importa demasiado. El castillo jamás estuvo habitado y continuará desierto por siempre. Nunca nadie logra atravesar el ancho foso que lo rodea, desbordante de agua hirviente, dragones lacustres y sanguijuelas del tamaño de un pequeño cerdo. Uno a uno, los pintores de ambos equipos se encogen resignadamente de hombros y reanudan sus tareas, siempre avanzando hacia la izquierda, cubriendo la pintura roja con generosas dosis de azul o viceversa, según corresponda.

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