may 202005
 

Al principio, la telenovela se centra sobre el amor imposible de Ana Laura y César, jóvenes miembros de familias rivales de un pueblo en la sierra colombiana. Hay algunos personajes secundarios (padres, hermanos, una sirvienta pizpireta y el misterioso cura párroco), pero la trama no es demasiado enrevesada y se puede seguir cómodamente mientras se plancha una camisa.

Pasados un par de meses, sin embargo, el argumento se torna cada vez más complejo. Ana Laura es obligada por su padre a casarse con un rico terrateniente chileno y se muda al desierto de Atacama. Por su lado, César se alista en la Legión Extranjera y parte de la trama sigue sus peripecias al combatir traficantes de órganos en la jungla de Borneo. Aparecen unos primos lejanos de la criada (quien, sin saberlo, es heredera directa de un ducado en Europa oriental) y se emiten bloques enteros hablados en ucraniano. Hay repulsivos villanos que gradualmente se transforman en dulces amantes, cuñados que en realidad son hijastros (y viceversa), gente que nace, gente que muere, gente que resucita. Se publican voluminosas guías repletas de árboles genealógicos, croquis desplegables y listados alfabéticos de actores, con gran éxito editorial. Varios canales comienzan a dedicar las veinticuatro horas de programación a diferentes líneas argumentales que se entrecruzan constantemente.

Para cuando se cumple el primer aniversario de la telenovela, el reparto ya sobrepasa holgadamente los seis mil millones de nombres. Casi no se habla de otra cosa, y si alguien lo hace es porque está escrito en un libreto: todos y cada uno de los habitantes del mundo cumplen (a sabiendas o no) un papel minuciosamente guionado. Los propios camarógrafos, sonidistas, escritores y productores son a su vez protagonistas de la historia dentro de la historia.

El personaje menos interesante de la multitudinaria superproducción es, por lejos, el de ese muchacho que intenta resumir torpemente la historia en cuatro escuálidos párrafos.

may 042005
 

Vistos desde arriba, los muros exteriores del castillo forman un cuadrado casi perfecto. Un jinete a todo galope tardaría más de treinta minutos en recorrer de punta a punta tan sólo uno de sus lados, por lo que dar una simple mano de pintura estas paredes resulta una tarea ciclópea. En aras de una mayor efectividad, los pintores se dividen en dos grupos que comienzan a trabajar en esquinas opuestas del perímetro y avanzan en el sentido de las agujas del reloj.

Quinientos días con sus noches tarda cada cuadrilla en dar media vuelta a la fortificación y completar su parte del trabajo. Allí, el grupo que comenzó en la esquina suroeste descubre que sus contrapartes noresteños utilizaron un tono carmín furioso, mientras que ellos jamás se apartaron del azul violáceo. Al otro lado de la gigantesca construcción se da una situación similar, pero lógicamente inversa.

No importa demasiado. El castillo jamás estuvo habitado y continuará desierto por siempre. Nunca nadie logra atravesar el ancho foso que lo rodea, desbordante de agua hirviente, dragones lacustres y sanguijuelas del tamaño de un pequeño cerdo. Uno a uno, los pintores de ambos equipos se encogen resignadamente de hombros y reanudan sus tareas, siempre avanzando hacia la izquierda, cubriendo la pintura roja con generosas dosis de azul o viceversa, según corresponda.

abr 152005
 

Alfredo El Homicida Paciente no encuentra placer en el apagado sonido de la hoja del puñal al deslizarse dentro de un manojo de entrañas tibias. Desdeña la inmediatez poco caballerosa de un disparo descerrajado en la sien. La adrenalina que supura incontrolablemente tras cualquier acto de violencia es tan vulgar, piensa.

Por eso, Alfredo El Homicida Paciente sublima sus negros impulsos de maneras más sutiles y, a la larga, satisfactorias. Sus proyectos suelen tomar meses, años y hasta décadas de arduo trabajo, pero él sabe que es este mismo esfuerzo el que hace que todo valga la pena.

Traduce chapuceramente el manual de una sierra eléctrica, salteándose un par de páginas. En un laboratorio de control de calidad, diluye líquidos de freno con perfume francés. Abre un consultorio psicológico y aconseja angustiantes ejercicios mentales a sus pacientes depresivos. Al programar, introduce fallas imperceptibles pero cruciales en el código de los sistemas de control aéreo. Seduce a mujeres casadas con individuos furibundamente celosos. Regentea locales de comidas rápidas, desbordantes de ácidos grasos saturados. Desarrolla sensuales y efectivas campañas publicitarias para cigarrillos rubios de nombre exótico.

Cada noche, Alfredo El Homicida Paciente sale a su balcón y se sienta a esperar. Sabe perfectamente que sólo será cuestión de tiempo.

abr 012005
 

Horacio desea fervientemente inventar una frase que se popularice en las conversaciones diarias de Buenos Aires, al estilo de “lo que mata es la humedad”, “guarda el hilo” o la más reciente “billetera mata galán”. Sus primeros intentos, sin embargo, no resultan muy populares. Todavía no escuchó niguna charla casual en el colectivo en la que alguien utilice “ojo con el gorgojo cojo” o “blandito como páncreas en avanzado estado de descomposición”, las creaciones de su pluma que más lo enorgullecen.

Pero él no se amilana y sospecha que, en estos tiempos que corren, quizás la clave del éxito está en Internet. Una buena historia, accessible para todo nivel de lector pero a la vez atrapante, seguramente será reenviada una y otra vez por los correos electrónicos de oficinistas aburridos, diseminando su depurada prosa a cada rincón del planeta en forma exponencial. ¿Por qué conformarse con una modesta popularidad de barrio si se puede lograr el estrellato mundial con la misma cuota de esfuerzo?

Se sienta frente al teclado y comienza a redactar su obra maestra: la dolorosa pero esperanzada historia de un funcionario de algún país africano (¿Nigeria, quizás?), obligado a abandonar su puesto gubernamental y recurrir al exilio debido a graves problemas políticos. Decide escribir en inglés, para aumentar la cuota de realismo. Las peripecias que enfrenta su entrañable personaje al buscar desesperadamente algún socio anónimo que le permita transferir sus riquezas a una cuenta bancaria foránea, narradas en una efectiva primera persona, seguramente harán las delicias de las bandejas de entrada de propios y extraños.

Mientras desgrana línea tras línea, Horacio sonríe convencido de que, esta vez, el éxito no tardará en llegar.

feb 252005
 

Desde muy chico, Carlos habló lo mínimo indispensable, manteniendo el resto del tiempo los labios bien apretados para evitar la poco afortunada ingesta de algún insecto volador. Lucía siempre un gesto adusto, excepto en las tardes de tormenta; cuanto más torrencial la lluvia y salvaje el trueno, más amplia era la sonrisa que le iluminaba el semblante. Cuando su madre lo llevaba de visita a otras casas, lo primero que hacía era revisar la cocina, y se sorprendía mucho si no burbujeaba sobre el fuego una gran cacerola de suculentas habas.

Ya adulto, se dedicó a la herrería artística, moldeando intrincadas rejas, barandillas y portones en su fragua. Sin embargo, todos los cuchillos de su casa estaban enteramente tallados en la más ordinaria madera. Más adelante, compró algunas vacas como inversión y se vio obligado a abandonar su taller, ya que insistía en pasar cada minuto del día observándolas pastar, los ojos clavados en sus rumiantes flancos, buscando generar nuevas adiposidades. En las raras ocasiones en que salía a cazar por su campo, buscaba constantemente alcanzar con sus disparos a una pareja de faisanes en forma simultánea, frustrándose cuando (como siempre) sólo lograba dar muerte a ejemplares solitarios.

Nunca se casó. Ninguna de sus contadas novias aceptó restringir su dieta a emparedados de cebolla hervida por el resto de sus días, tal como él les exigía al pedir su mano en matrimonio.

Cuando alguien, demasiado tarde, le dijo que los refranes no eran para tomárselos tan al pie de la letra, Carlos no pudo evitar morirse (bien literalmente) de vergüenza.

feb 152005
 

En un suburbio relativamente tranquilo al norte de Buenos Aires, un Febrero perezoso araña el mediodía. El sol se escurre, pálido, entre una tenue cortina de nubes deshilachadas, como si pidiera permiso después de varios días de haber desaparecido, esgrimiendo la excusa de aquella tormenta que trajo consigo el viento del sudeste.

El edificio rompe un poco la chatura del barrio, aunque no es muy alto y las curvas suaves que eligieron sus arquitectos lo hacen aparecer casi dócil. Se lo puede abarcar fácilmente con un golpe de vista desde la vereda sin levantar demasiado la cabeza, asomándose entre las ramas de los árboles que se estiran a lo largo de la cuadra.

Si los ventanales que cubren enteramente la fachada no reflejaran tanto el cielo, algún curioso podría espiar el interior de la pequeña oficina que se acomoda en una esquina del tercer piso. Adentro, el olor de las paredes recién pintadas y algunas cajas de cartón apiladas en un rincón dan la impresión de una mudanza reciente. Tres escritorios se desparraman sobre la alfombra color arena, cubiertos de cables enmarañados, monitores que zumban gentilmente y teclados llenos de polvo. El resto del panorama se completa con una pequeña cocina que podría estar más ordenada y algunas sillas vacías, impersonales en su plástico negro y frío cromado.

Sentado frente al único de los escritorios que destella señales de vida (fotografías familiares, papeles desordenados, un café ya frío), el muchacho deja de tipear en su teclado por un instante y se suena los dedos sin desviar la vista de la pantalla. Se lo nota entusiasmado mientras repasa el último párrafo que acaba de escribir, repitiendo para sí las palabras en voz baja. Es que, ya hastiado de sus vagos cuentos atemporales situados siempre en escenarios indistinguibles y brumosos, por fin ha logrado comenzar un relato con una minuciosa descripción del lugar y el momento en que transcurre la acción.

Claro que tanto detalle acerca de ubicaciones espacio-temporales no deja lugar para trama alguna en su obra, que termina casi antes de comenzar, pero eso no parece molestarle en lo más mínimo. Con una media sonrisa colgando de los labios, suspira satisfecho y pone el punto final.