Pruebo cien veces.
Nada. El verso final
siempre muere largo.
Si buscan perfección, sugiero amablemente que corrijan el rumbo y apunten para acá (o acá, o acá, etcétera, etcétera, etcétera.)
Allá va el astrónomo gastrónomo
flotando muy quieto y frío en el vacío.
Se lo ve casi tan muerto como Humberto,
aquel pícaro abogado asesinado
por un defendido bastante ofendido.
Se embarcó en su cohete de juguete,
viajando por siete años sin un baño
y recién al arribar se vino a enterar
que no hay queso ni aceitunas en la luna
y quedaba devastada su picada.
Saludos al astrónomo gastrónomo
que, aunque no lo merece, hoy perece
sin quejarse del frío ni decir pío.
Esta impresentable rima forma parte de “¿Quién necesita a los adverbios?”, un libro de lengua y literatura orientado a niños de tercer grado de primaria que cuenta con el dudoso honor de haber sido prohibido (aún antes de su publicación) por los Ministerios de Educación de 173 países.
Mil ajadas promesas en bolsillos
de vestidos que nunca fueron nuestros.
Si bien ellas susurran “¡se los presto!”,
sabemos que sus guantes amarillos
cobijan a señores más apuestos.
Las brújulas señalan varios polos,
destinos seductores y fatales
como esas señoritas muy cordiales.
Quizás para mentirnos no tan solos
lloramos hoy en rimas bien plurales.
Quise escupir doce versos
de vocales retorcidas,
tajos de letra herida,
medias rimas sin esfuerzo.
Quise esta tarde maldita
untar curvas de tu cuello
con miel rancia mal escrita
que borrara todo aquello.
Quise que no reclames
tus sueños de puro ayer,
finales que no quise ver.
Salió esto. Perdoname.
Un humilde haiku dedicado a la cuadrilla de obreros que trabaja desde las siete y media de la mañana justo debajo de mi oficina.

No es que haya desaparecido
oculto entre sombríos cortejos,
robándote perfumes y espejos
con la audacia vil de un pervertido.
Nunca es culpa tuya que me inventes
en manchones vagos que son poco.
Es que, mi querida, últimamente,
me dio por vivir fuera de foco.
Basta sólo con tres
terrones de azúcar o,
en su defecto, cucarachas.
Los demás podrán cantar en ruso,
leer gruesos manuales de uso,
bordar blusas de lino a oscuras,
comer parfaits y más confituras,
insultar con desdén a los buzos,
pintar óleos de verdes pasturas.
Pero en el fondo todos saben
que basta sólo con tres
cucarachas o, en su defecto,
terrones de azúcar.
Él mastica todo sepia convidado
evitando atragantarse de plateado,
esperando sin poder cruzar los brazos
el segundo rojo puro, ese zarpazo
con que ella, en un gesto descuidado,
le destroce cada gris en cien pedazos.