(Componentes de valija: 85% Madame Entintada – 15% Otros acompañantes)
Cuando en el post anterior hablé de un desparramo de pasaportes, medias y calzoncillos, lo mío no era simplemente una elegante figura poética.
(Componentes de valija: 85% Madame Entintada – 15% Otros acompañantes)
Cuando en el post anterior hablé de un desparramo de pasaportes, medias y calzoncillos, lo mío no era simplemente una elegante figura poética.
Habíamos tenido algunas pistas y advertencias durante las últimas semanas pero, tras una cordial reunión con las autoridades del jardín maternal al que acude don Mateo Entintado, esta mañana nos llegó la confirmación oficial: desde hoy pasamos a ser conocidos como “los padres del nene que muerde”. No está mal el título, eh. Hasta estamos pensando en usarlo para nuestras tarjetas personales.
Quizás lo único positivo del asunto es que, mientras se discutían las estrategias para corregir esta situación tan odontológicamente violenta y peligrosa para sus desolados compañeros de curso, nos vinimos a enterar de que el pequeñuelo (en un admirable despliegue esquizofrénico) resulta ser también un verdadero Don Juan de las salitas y los areneros, capaz de seducir en forma simultánea a varias de sus amiguitas y convencerlas de mantener adorables sesiones de cariño en los rincones.
Así que no se dejen engañar: esas fauces que desgarran sin piedad son también capaces del beso más tierno.
Agobiado por la morisqueta ensayada, el bombardeo mediático, la estructura monstruosa, la proclama bienintencionada y la sonrisa para la foto, uno llega a olvidarse de que una canción como Until the end of the world pueda ser tan retorcidamente enferma, tan cínica, tan oscura y tan, pero tan buena.
Pero después uno va y, por suerte, se acuerda.
El Clan Entintado, en una especie de despedida simbólica del verano, decidió pasar un fin de semana largo (inventado) en la hermosa República Oriental que nos mira desde el otro lado del río.
Borracho de hospitalidad charrúa, hago mío el sentimiento expresado por un lector de la Mágica Web en este post. A riesgo cierto de pecar de ignorante generalizador y porteñocéntrico empedernido, la sensación que me asalta cada vez que piso Uruguay es la de estar en una versión alternativa de la Argentina, en la cual todas las esquinas del pasado fueron dobladas de manera algo mejor.
¿Pero acaso puede alguien resistirse a un lugar en el que es imposible decidir si es más hermoso de mañana o de noche?
Fue tal la influencia positiva de estas tierras en nuestro espíritu que Don Mateo no cejó un segundo en sus actividades de seducción playera, sin importar que las doncellas a ser cautivadas fueran bastante mayores o simularan no estar interesadas. Al parecer, en las costas uruguayas bastan una cabellera alborotada por el viento y una sonrisa para derribar cualquier barrera. A las pruebas me remito:
Será que soy víctima del Síndrome del Turista, en el que sólo se aprecian las maravillas del lugar visitado y uno es incapaz de notar inconveniente alguno. No lo niego. Pero por lo pronto, yo pienso lucir championes en vez de zapatillas, comer pila de bizcochos en lugar de un montón de facturas, y tomar más refrescos y menos gaseosas. ¿Ta?
Asomando una mano temblorosa desde la parva de trabajo y ocupaciones varias que me sepulta (el 31 de Diciembre parece ser una especie de barrera psicológica para todos los proyectos, que se desesperan por terminar antes de que haya que cambiar de almanaque), me tomo un minuto en estas épocas tan propensas a balances varios para agradecer (y muy en serio) a todos quienes pasan cada tanto por este rincón y dedican algunos instantes a repasar las insistentes gansadas de su seguro servidor.
A riesgo de ahogarlos en almíbar irremediablemente cursi, sepan que cada una de sus visitas se aprecia mucho, y este brindis imaginario con sidra tibia y barata pero bien dulce va por todos ustedes.
Nos seguimos leyendo, entonces, con calendario flamante. No se van a librar tan fácilmente de mí.
Luego de una fórmula combinada de dieciocho horas de avión, veinticinco libras de papas fritas consumidas y centenares de millas cuadradas de arenosas playas desdeñadas con vigor por un sorprendentemente pulcro Mateo, aquí estamos de vuelta en el punto exacto que nos vio partir.
Y traemos con nosotros renovados bríos, sobre todo para averiguar exactamente qué son los bríos y a qué oficina hay que dirigirse para realizar el trámite de renovación.
Los extrañamos mucho, de verdad.

Cuentan los que realmente saben que lo mejor de cumplir un año no son los festejos ni los invitados ni los regalos, sino que al fin la propia boca resulta lo suficientemente grande como para comer más de un chupetín a la vez.
(Nota al margen: El clan Entintado en pleno estará de periplo vacacional por unos días, así que es probable que las actualizaciones de este rincón sean aún más esporádicas que lo habitual. De todas maneras, prometo solemnemente aprovechar cada oportunidad cerca de una conexión internética para pispear comentarios y mandar saludos.)